Cueca larga: Nicanor Parra murió el martes a los 103 años

Nacionales 01 de febrero de 2018 Por
Fue el mayor de ocho hermanos, el único que concluyó sus estudios y se convirtió en profesor de matemáticas al mismo tiempo que publicaba su primer libro de poemas.
parra

Desde los años treinta la poesía –y la antipoesía, esa marca de fábrica que fue elaborando como una toma de posición estética y existencial– fue el centro de su larga vida. Nicanor Parra murió el martes a los 103 años. Había recibido premios muy importantes como el Cervantes y el Juan Rulfo y su obra, considerada desde la perspectiva de la irreverencia, el humor y la antisolemnidad no dejó de estar a la altura de la de otros tantos nombres de la tierra de poetas que es Chile, como Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo Neruda o Pablo de Rokha. Radar lo despide repasando los hitos de su obra y sus intervenciones en la literatura y la plástica.

Nota completa publicada en Página 12 por Susana Cella

Integrante de una familia chilena destacada por sus aportes culturales, hermano de la famosa Violeta, Nicanor Parra, una especie de patriarca de su estirpe, murió el 23 de enero a los ciento tres años. Estuvo lúcido hasta último momento, según recientemente ha afirmado uno de sus nietos, Cristóbal Ugarte, quien fue a recibir en nombre del abuelo el Premio Cervantes en 2011 y el Premio Iberoamericano Pablo Neruda en 2012, distinciones que, junto a otras acopiadas a lo largo de su carrera, asentaron su reconocimiento en las letras castellanas, algo reafirmado por las traducciones a otras lenguas. Nacido el 5 de septiembre en San Fabián de Alico, región del Bío Bío, este primogénito, a diferencia de sus siete hermanos, logró proseguir sus estudios y se convirtió en profesor de Matemáticas en 1937, el mismo año en que publicó su primer libro de poemas Cancionero sin nombre, al que después consideró un “pescado” de juventud por los acentos lorquianos que se le atribuyeron a ese texto inicial.

Antes de tal obra, mientras acopiaba lecturas de clásicos y vanguardistas, y estudiaba ciencias e inglés, iba elaborando una propuesta literaria que quedó definitivamente asociada a su nombre, la que lo hizo famoso y que llamó “antipoesía”. En tierra de poetas como Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro y sobre todo Pablo Neruda, quien por esos años representaba algo así como la encarnación de la poesía misma, Parra denomina “anti” lo que era en realidad una concepción poética que intentaba un camino diferente en cuanto al tratamiento de los temas, el modo de composición, el ritmo, el tono e incluso la propia figura de poeta.

Qué es la antipoesía

“La antipoesía es una lucha libre con los elementos, el antipoeta se concede a sí mismo el derecho a decirlo todo, sin cuidarse para nada de las posibles consecuencias prácticas que puedan acarrearle sus formulaciones teóricas. Resultado: el antipoeta es declarado persona no grata. Hablando de peras, el antipoeta puede salir perfectamente con manzanas, sin que por eso el mundo se vaya a venir abajo. Y si se viene abajo, tanto mejor, esa es precisamente la finalidad última del antipoeta, hacer saltar a papirotazos los cimientos apolillados de las instituciones caducas y anquilosadas”, así la definió en su discurso de recepción a Pablo Neruda cuando éste fue incorporado como miembro académico de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, en 1962.

Para entonces, Parra había continuado su formación en Física, y Cosmología en Estados Unidos e Inglaterra, a lo que sumó estudios de psicoanálisis y había consolidado su oficio de antipoeta y su lugar en la poesía chilena desde la edición, fruto de esa serie de conocimientos varios y lecturas, de Poemas y antipoemas en 1954. En “Epitafio” se evidencian rasgos de la invención de Parra, como el vocabulario coloquial, las formas paródicas, el ritmo y la reivindicación del uso del humor: “De estatura mediana,/ con una voz ni delgada ni gruesa,/ hijo mayor de un profesor primario/ y de una modista de trastienda;/ flaco de nacimiento/ aunque devoto de la buena mesa;/ de mejillas escuálidas/ y de más bien abundantes orejas;/ con un rostro cuadrado/ en que los ojos se abren apenas/ y una nariz de boxeador mulato/ baja a la boca de ídolo azteca/ –todo esto bañado/ por una luz entre irónica y pérfida–/ Ni muy listo ni tonto de remate/ fui lo que fui: una mezcla/ de vinagre y de aceite de comer/ ¡Un embutido de ángel y bestia!” 

Este yo poético es sustancialmente diferente del que habitualmente se consideraba “yo lírico”, fuera el  de creador (el “pequeño dios” de Vicente Huidobro, al que Parra se referiría irónicamente en un poema), el de poeta conmocionado y dolorido frente a una sociedad injusta (Rokha), o el yo cuya misión es nombrar todas las cosas y ser la voz de los sin voz (Neruda).

Hojas de Parra

Los poemas en primera persona de Parra carecen de grandilocuencia, muestran a alguien con tropiezos, errores, dificultades, torpezas, protestas, admoniciones varias, enojos, limitaciones materiales y espirituales, divertido, burlón, galán: ... soy un modesto padre de familia/ u fierabrás que paga sus impuestos. / Ni Nerón, ni Calígula:/ Un sacristán/ un hombre del montón/ Un aprendiz de santo de madera (“Me defino como un hombre razonable”, en Obra gruesa).

Los versos libres de Poemas y antipoemas contrastan con los regulares octosílabos de La cueca larga (1958), testimonio de la vertiente de raigambre folklórica que se sumó a la variedad de recursos compositivos utilizados en una obra que a partir de allí fue en constante crecimiento sin solución de continuidad en las décadas siguientes (Versos de salón, Canciones rusas, Obra gruesa, News from Nowhere, Ecopoemas, Chistes para desorientar a la policía poesía, Poesía política, Coplas de Navidad (antivillancico), Hojas de Parra), y, traspasando el siglo, Discursos de sobremesa entre otras, hasta Antiprosa de 2015. 

El antipoeta acude libremente a distintos discursos –sociales, religiosos, filosóficos, psicoanalíticos, políticos, periodísticos, populares– porque la antipoesía no tiene temas especiales (elevados, serios, sublimes), sino que puede tratar las múltiples facetas del “mundo moderno” (y aun de ciertos momentos de la historia) lisa y llanamente. Uno de sus más famosos poemarios Obra gruesa (1969) incluye “Manifiesto” donde pasa revista a distintas concepciones poéticas, empezando por la concluyente afirmación “Los poetas bajaron del  Olimpo”, para expresar “Nosotros repudiamos/ “la poesía de gafas obscuras/ la poesía de capa y espada/ la poesía de sombrero alón./ Propiciamos en cambio / La poesía a ojo desnudo/ La poesía a pecho descubierto/ La poesía a cabeza desnuda... y –no sin que esto recuerde algo de “Los poetas celestes” de Pablo Neruda– “Contra la poesía de las nubes/ Nosotros oponemos/ la poesía de la tierra firme... La poesía de la plaza pública/ La poesía de defensa social”. Este libro contiene el poema que le dedicara a su hermana, quien se suicidó en 1967: “Defensa de Violeta Parra”, extenso homenaje donde le pide “Alzate en cuerpo y alma del  sepulcro/ / haz estallar las piedras con tu voz”.   

Antitodo o antídoto

En variedad de asuntos y modulaciones, con tramos narrativos, burlas y veras, pone en juego su constante propuesta “antipoética” para mostrar de manera satírica a ciertos personajes (“El galán imperfecto”, “El pequeño burgués”, “Lo que el difunto dijo de sí mismo”), episodios risibles o caricaturescos (“Fiesta de amanecida”, “Se me pegó la lengua al paladar”, “Amor no correspondido”). Este último con matices de música popular: “Bajando de Machu Picchu/ perlas challay/ me enamoré de una chola/ perlas challay/ más linda que una vicuña/ perlas challay/ pero ella no me hizo caso/ palomitay!”

Hay escenas, o pequeños relatos, opiniones de un yo impiadoso (él mismo) (“La poesía terminó conmigo”) y rebelde contra los mandatos sociales o religiosos, pone en entredicho creencias, formula cuestionamientos y ataca lugares comunes, sin que falten matices de humor negro: ...Dícese que el cadáver es sagrado/ pero todos se burlan de los muertos, / ¡Con qué objeto los ponen en hileras/ como si fueran latas de sardinas! Dícese que el cadáver ha dejado/ un vacío difícil de llenar/ Y se componen versos en su honor. / ¡Falso, porque la viuda no respeta/ ni el ataúd ni el lecho del difunto! (“Discurso fúnebre”).

 Obra gruesa (1969) sigue la corriente paródica, incluso en la inversión que se ve en “Padre nuestro”, donde se le enrostra a Dios que no es todopoderoso, en una imprecación al revés: “No pienses más en nosotros”, dice esa voz que también reza el “Yo pecador” donde se confiesa “descuartizador de golondrinas”, “violador de tumbas, “satanás enfermo de paperas”. Con todo y sus cuestionamientos a la Iglesia, las referencias religiosas reaparecen, el aspecto satírico bien puede combinarse con una seria reflexión (“San Antonio”, “Cordero Pascual”, “Discurso del buen ladrón”, “Los cuatro sonetos del  Apocalipsis”, “La sagrada familia”).

En 1972, con Artefactos, Parra mostró otra faceta artística donde lo predominante es la imagen visual. Junto con su compatriota y también poeta Enrique Lihn y con Alejandro Jorodowsky, Jorge Sanhueza, Jorge Berti, Roberto Humeres y Luis Oyarzún llevaron a cabo una exposición mural de poemas, compuestos como collages a la que denominaron “Quebrantahuesos”. Enrique Lihn (1929-1988), publicó en 1955 un ensayo sobre Nicanor Parra, quien fue importante referencia para él así como para otros poetas como Oscar Hahn, Floridor Pérez, Jaime Quezada, Waldo Rojas, Gonzalo Millán o Raúl Zurita que debido al golpe de Pinochet conformaron “la generación dispersa” (por censura, exilio o represión). No fue epigonismo, y aun cuando algunos de ellos se nieguen a reconocerlo, visualizaron en ese antecesor “antipoeta”, la apertura de otras posibilidades de escritura que les permitieran salir de la omnímoda órbita de Pablo Neruda. 

Entre aquella exposición y el siguiente libro de Parra, mediaron cinco años, con el no poco importante hecho de que se iniciara la dictadura en 1973. Parra no se fue del país, quizá su rebeldía generalizada se contrapesó con la ruptura que había tenido con Cuba cuando fue expulsado en 1970 del jurado de Casa de las Américas debido a que durante el Festival  de Poesía en Washington, fue fotografíado con la esposa del entonces presidente Richard Nixon. Decidió mantener un perfil bajo y en todo caso expresar sus críticas a la dictadura a través de la creación de un personaje, el Cristo de Elqui, quien asume en Sermones y prédicas del Cristo de Elqui y en Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui, la voz que expresa sus descontentos y críticas políticas y religiosas de manera alusiva, lateral.

Rebelde con causa

No integró nunca un partido político, más bien su actitud era la de una especie de iconoclasta, se definió a sí mismo como anarquista, no en tanto militante sino como reacio a todo  tipo de estamentos y reglas, por lo que tuvo entredichos tanto con sectores de derecha como de izquierda. Los Ecopoemas de 1982 fueron una defensa del medio ambiente atacando a los dos bloques protagónicos de la Guerra Fría. Sin embargo con Chistes parra desorientar a la policía poesía (1983)y Poesía política (1983), la crítica social fue más explícita. Hojas de Parra apareció en 1985, resultante de una serie de proyectos previos en los que había estado trabajando. La obra, reeditada en 2010 contiene, además de fotos, un prólogo y ensayos críticos

 

Con el título de El último apaga la luz, la editorial Lumen publicó en 2017 una extensa antología (obra selecta) preparada por Matías Rivas que incluye desde los antipoemas iniciales hasta una parte titulada Calcetines huachos, donde figuran obras de las últimas décadas, “escritas con una sofisticación pop temeraria”, según Rivas, quien considera que “Parra no ha dejado de experimentar desde que empezó a escribir”. Valga otro ejemplo, en 2004 aparece Lear Rey & Mendigo, que no es una traducción de la tragedia de Shakespeare, sino reescrituras de escenas de King Lear; así en “Kent” (uno de los personajes de la obra) se lee: “Por granuja por pícaro por tragasobras/ Despreciable/ engreído/ miserable/ Eres un delator/ un hijo de puta/ Presumido / Rastrero / Zalamero / Sangre de horchata / Arribista cobarde...”.

Así como en aquella distinción a Neruda en 1962, Parra no aceptó someterse a la retórica académica esperable de un poeta premiado, en 1991, al entregársele el Juan Rulfo, en lugar una disertación, retrucó con un verdadero homenaje al mexicano mediante una serie de poemas inspirados en la obra del autor de Pedro Páramo, que surgen luego de los  primeros, en los que con su habitual  ironía, expone varias hipótesis sobre los discursos, y declara: “Señoras y señores; / Por lo común los discursos de sobremesa/ Son buenos pero largos/ El mío será malo pero corto/ Cosa / que no debiera sorprender a nadie/ Soy incapaz de juntar dos ideas/ Es x [sic] eso que me declaro poeta/ De lo contrario hubiera sido político / O filósofo o comerciante”. El texto se llama “A decir verdad”, y la dice: no fue capaz de juntar dos ideas, sino muchas y combinarlas siempre fiel a las convicciones que empecinadamente mantuvo.

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