En Leuvucó: el fuego quemó monte de caldén y dejó al desnudo la responsabilidad del Estado

Provinciales 26 de diciembre de 2018 Por
La temporada alta de incendios en territorio pampeano arrancó este 24 de diciembre quemando bosque nativo de caldén y dejando a las claras la responsabilidad por parte del Estado. Las altas temperaturas ya secaron las pasturas para que, lo que resta del 2018 y lo que viene del 2019, sea quizá una fotocopia de las miles de hectáreas que se ven afectadas año a año en La Pampa.
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Desde hace más de tres años a la fecha, la zona de Leuvucó, como distintos puntos a lo largo y ancho de la provincia, viene siendo afectada por incendios imparables. Parece un juego de palabras, pero se queman los campos quemados. Pese a ello, el Departamento Loventué, donde abunda el monte de caldén, donde se concentran los campos de cría de ganado vacuno, tiene una Brigada Operativa Transitoria dormida. Las famosas BOT que el gobierno provincial distribuyó alguna vez en puntos estratégicos, en Victorica está inactiva. No es BOT, es BIT, con “i”, de inactiva.

Pero, nobleza obliga, hay que sostener y destacar que, en temporada baja, pululan por estos pagos las charlas técnicas de técnicos que, con viáticos en mano, pintan con propagandas las reglas que debe cumplir cada productor. Como si el Estado fuese el hombre de la bolsa, insisten con el cuidado de las quemas prescriptas, con las picadas en reglas – aunque luego los camiones vecinales, con presupuestos millonarios y partidas especiales desde el Ejecutivo provincial a los municipales – se muestren en total abandono.

DSC_0584_opt (1)Postales del primer incendio de bosque de caldén en el oeste pampeano

INFOHUELLA EN LOS INCENDIOS

Camino del Indio, casi 50 grados en una picada a metros de un incendio que pasó hace unos minutos. No quedó nada, solo el rastro de la voracidad del fuego: alambrados caídos, quemados, rastros de vacas que, en tropel, encararon la costa como último recurso para cruzar al campo vecino en busca de una salida. No hay caldenes verdes, no hay pajas, no hay chingolos, no hay espinas, no hay cardenales amarillos, nos hay ciervos de unas cuantas puntas; hay muy poco.

Lo que queda, es el rastro del fuego y nada que tenga vida. En el horizonte, el humo dibuja rojizos nubarrones y el sol se esconde, fingiendo un anticipado atardecer. Casi que no hay nada para hacer, solo dejar que la mirada se pierda por unos segundos en esa postal de un sol eclipsado, casi deforme y de un rojo ardiente, como una brasa.

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