
Alojar la experiencia: el circo como un paréntesis para encontrarnos
Lic. Ana Belén Escudero García– Psicomotricista


Hay vivencias que, aunque parezcan pasajeras, quedan grabadas para siempre en la historia de cada familia. No importa si los hijos son bebés, niños pequeños o ya están transitando la adolescencia; lo que verdaderamente trasciende es el momento compartido y la huella profunda que esa experiencia deja inscripta en su subjetividad. Hace unos días, la llegada del circo en un terreno baldío de Victorica interrumpió el ritmo habitual y predecible con sus luces y su gran carpa. Sin embargo, detrás de ese evento comunitario, lo que realmente se puso en juego fue la oportunidad de mirar hacia adentro, de detener la marcha y volver a elegirnos en los espacios compartidos.
Hay vivencias que, aunque parezcan pasajeras, quedan grabadas para siempre en la historia de cada familia
En un mundo hiperconectado que nos empuja a un ritmo vertiginoso y descarnado, el gran valor reside en la decisión consciente de las familias de tomarse el tiempo para habitar esos paréntesis. Ir al circo se convierte entonces en una hermosa excusa afectiva. No es simplemente cumplir con un paseo; es una apuesta por el encuentro que influye directamente en la constitución psíquica de nuestras infancias. Es ofrecerles un suelo seguro y la certeza de saberse alojados, mirados y acompañados por sus figuras de referencia.

A veces, la urgencia de la cotidianidad, las complejidades de la situación país que nos atraviesan y la hostilidad de un contexto social cargado de incertidumbre, nos absorben de tal manera que el cuerpo se rigidiza y nos cuesta estar verdaderamente disponibles. La preocupación por el mañana y el ruido de la crisis nos automatizan. Por eso, cuando una experiencia diferente nos convoca a nivel comunitario, se abre una pausa necesaria para el sostén afectivo. El circo arriba del escenario despliega magia, pero el verdadero entramado vincular ocurre en la platea, en los cuerpos que, a pesar de todo, se disponen a resonar.
Por eso, cuando una experiencia diferente nos convoca a nivel comunitario, se abre una pausa necesaria para el sostén afectivo
El entorno como escenario contenedor
Como planteaba el psicoanalista Donald Winnicott (1971), para que un niño pueda jugar, descubrir y construir su identidad, necesita de un "ambiente facilitador" y de un sostén (holding) afectivo. Ese espacio transicional funciona como una tregua en la rutina que invita a los adultos a suspender por un momento las demandas externas y los relojes, disponiéndose corporalmente de manera absoluta para sus hijos.
Las resonancias tónico-emocionales recíprocas
El cuerpo expresa, procesa y se regula en el lazo con el otro. El psicomotricista y pedagogo francés Bernard Aucouturier (2004) nos habla de un concepto fundamental, que usamos en la clínica, pero que se traslada de forma directa a la vida cotidiana: las resonancias tónico-emocionales recíprocas. En la platea del circo, esto se hace cuerpo en la sintonía afectiva. Se trata, básicamente, de la capacidad del adulto de disponerse al encuentro con el otro tal como el niño lo necesita en ese instante, y no desde la expectativa de lo que uno quiere que pase. Es el tono muscular que se ablanda para alojar una risa, la mirada que confirma una emoción compartida, o la mano que aprieta fuerte cuando el asombro o el miedo desbordan, acompañando siempre a las necesidades de las infancias.
Alojar la experiencia: la ternura en acto
Ofrecer este tiempo de atención conjunta y disfrute es un verdadero acto de resistencia frente a la prisa que nos devora. Es el refugio donde la desconexión no encuentra lugar porque hay un lazo que sostiene. La carpa del circo es nómade; en unos días se irá del pueblo y dejará el terreno vacío. Sin embargo, la experiencia latente de habernos mirado, sentido y sostenido en ese espacio compartido no se desmonta. Queda grabada como una huella tierna y permanente en el cuerpo y en la memoria colectiva del hogar.
Que la retirada de la carpa nos deje una moraleja urgente. A pesar de que los tiempos de hoy nos lleven a un ritmo acelerado que muchas veces nos desborda, el desafío es no dejar el encuentro librado al azar o a la espera de que "llegue un circo al pueblo". Encontrarse debe ser una elección consciente, un compromiso que podamos poner en práctica en la diaria: establecer un ritual semanal, un momento sagrado en la agenda del hogar donde los teléfonos se apaguen y los cuerpos se dispongan al juego libre, a la charla sin apuro o al simple estar presentes. No se necesitan grandes eventos ni propuestas costosas; se necesita la regularidad de un espacio que el niño pueda anticipar y habitar con seguridad.
Sigamos intentando —contra el reloj y la prisa cotidiana— construir estos refugios, robándole minutos a la rutina, porque es en esa constancia del lazo donde verdaderamente nos sostenemos y escribimos nuestra historia con el otro.
Referencias bibliográficas:
Aucouturier, B. (2004). ¿Por qué los niños y las niñas se mueven tanto? La práctica psicomotriz educativa y preventiva. Editorial Graó.
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Editorial Gedisa.




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