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Una maestra de Luan Toro se hizo una casa de "súperadobe" en el monte

En las afueras de Luan Toro y rodeada del reverdecido monte de caldén, se encuentra la casa de Carina Poblet Marotti: “Gotitas de Luz”.  

Zonales 06 de diciembre de 2020 Escribe: Lucy Miner Escribe: Lucy Miner
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Escribe en InfoHuella: Lucy Miner (Estudiante de la Licenciatura en Comunicación Social UNLPam en Territorio)

Es un lugar de remanso, como el mar de fueguitos de Galeano, su nombre está determinado por la creencia de que cada ser viene a esta vida en forma de gota de luz, que se achica con las malas acciones, pero si la alimentamos y crece, esa luz puede contagiar e iluminar a otros.

 Al llegar, es inevitable el recibimiento de sus mascotas en  la tranquera que separa su paraíso del resto de la comunidad.

Carina camina desde la casa hasta la entrada intentando calmar a los perros, compañeros que fue rescatando, sonríe de lejos y la bienvenida augura una charla amena.

Sus inicios

Docente de vocación y concejal del pueblo que la vio nacer. Admite que comenzó la militancia política a muy temprana edad, a los 12 años, mientras acompañaba a su padre en las reuniones del partido. 

El trabajo social es lo que la llevó a participar activamente cuando se postuló por primera vez.

 En un mundo mayoritariamente de hombres, en donde hasta el año 90, en Luan Toro, ninguna mujer integraba la lista para un cargo político, comenzó a trabajar en el Concejo Deliberante. Esto, lejos de hacerla sentir en desventaja, le permitió expresar sus ideas y escuchar a los demás con mucho respeto.

Comenta que le gusta “trabajar en proyectos que ayuden a mejorar la calidad de vida de la gente que vive en el entorno en que uno se desarrolla”. Quizás esta idea la llevó a decidirse por la docencia. 

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Chauchas, piquillín y la docencia, entre los gustos que se dá Carina en su Luan Toro natal.

Mientras habla, en tono pausado y relajado, hace un recorrido por sus primeros años de educadora: “al principio iba a donde saliera una suplencia, agarraba mi bolsito y me iba, hasta que pude titularizar en la escuela primaria”.

Adaptarse

Carina cuenta que se levanta muy temprano porque le gusta aprovechar el día, “sobre todo las mañanas frescas de verano” y agrega: “cuido de mi lugar, mis mascotas y realizo mis actividades normalmente de  8:00 a 15:00 horas, porque la escuela  es de jornada completa”.

El “normalmente” se le escapa con nostalgia, no le fue fácil despegarse de sus alumnos cuando apenas a dos semanas de empezar las clases comenzó el aislamiento. 

Plantea que: “fue un desafío, no todas las familias tenían los medios para comunicarse virtualmente” y aunque no lo dice, muchos la han visto llevar las tareas en su camioneta a los alumnos que viven en el campo.

Más allá de las dificultades que pudieron aparecer, afirma que se sintió acompañada tanto por sus colegas como por la dirección del establecimiento educativo.

“Costó un poquito, pero uno tiene que abrirse a lo nuevo y a aceptar desde el otro la ayuda que pueda ofrecer” dice, recordando sus primeras clases virtuales.

Tiempo de cambios

A todas las preguntas responde con la amabilidad que la caracteriza y relata cómo a raíz de la muerte de su padre, quien enfermó de cáncer, decidió hacer un cambio radical en su vida.

Ante la falta de aquel que la iniciara en la lucha social, comenzó una intensa investigación sobre las posibles causas de aquella enfermedad, que en su localidad había alcanzado a tanta gente. 

Se encontró con que el consumo de carne podría generar células cancerígenas, debido a que permanece demasiado tiempo en el organismo. Así fue como consultó diferentes grupos de personas que llevaban una alimentación diferente.

Así, decidió rotundamente no volver a comer carne, asegura que desde que se hizo vegetariana “uno aprecia más la vida, todos los días agradece al universo estar rodeada de vida, el despertar cada amanecer”.

También descubrió que estas personas llevaban un estilo diferente de vida, y en un retiro  al que la invitaron a participar descubrió la construcción natural. En el lugar estaban construyendo una casa con ladrillo secado al sol, hecho con arcilla, tierra y paja.

Participó de la realización de aquella vivienda y se dio cuenta de que requería un conocimiento  de albañilería muy avanzado. Volvió a la búsqueda de información a través de diferentes grupos y por fin conoció el “superadobe”.

Este sistema no necesitaba tanto entendimiento, pero de todas maneras consultó a un albañil.

Para comenzar su casa “lo primero que hice fue imaginarla en forma circular y  la proyecté en papel, hice planos, muchos planos y fui investigando que se podía hacer y qué medidas”, cuenta.

Luego de bosquejar reiteradas veces su emprendimiento se dijo a sí misma: “es hora de pasarlo a la realidad, y en enero de 2014 se lanzó a la aventura de hacer su hogar desde los cimientos". 

Para ello necesitó ayuda de dos colaboradores, debido al peso del material que eligió. Tardó cuatro años en  hacerla  habitable porque le dedicaba más tiempo al proyecto durante las  vacaciones de verano.

Al mismo tiempo que materializaba su deseo de un hogar propio, abandonaba el consumo de animales tras la promesa: “este 2013 como mi último asado” y reconoce que no extraña la carne y que eso no le impide disfrutar de reuniones con familia o amigos.

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Grandes Proyectos

Reconoce que le gusta recibir gente en su casa, “sobre todo por la particularidad que tiene, a veces viene gente de otros lugares a verla, gente que ni sé quiénes son”, comenta sorprendida. 

“Me gusta compartir lo que sé y entusiasmar a otros que se animen a cumplir sus sueños, el mío era mi casa”, cuenta la docente y agrega “les cuento sobre los beneficios pero respeto el estilo de vida de los demás”.

Entre esos beneficios se encuentra la temperatura del ambiente, es una tarde abrasadora en el portón del oeste pampeano, y sin embargo la casa es fresca y luminosa. En los días más duros del invierno, la arena de las paredes conserva el calor.

Entre sus proyectos a futuro, se imagina su espacio creado para poder compartir con el resto de las personas, aunque ya cuenta con una pileta y una huerta, piensa agregar un hornito de barro, un salón de yoga, disciplina que imparte dos veces por semana.

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Los viajeros pasan a visitar la curiosa edificación, y ella piensa que es un deber compartir todo lo que fue aprendiendo, “si lo que aprendés no lo compartís no tiene sentido, te lo guardás…se muere y sería egoísta”.

A aquel que pregunta le facilita el material que adquirió de otros, “es una manera de agradecer, esto no es mío, me lo prestaron para esta vida”, lo dice con calidez en la voz, y sale a relucir su maestra interior, esa que la acompaña en cada paso, en cada decisión, “en esta vida hay muchas cosas que no voy a aprender y en otra seguiré aprendiendo”.

Lo que cuenta y la forma en que lo hace, tienen una profunda concordancia con su estilo de vida, es natural y la conversación fluye como si fuera una enorme gota de luz, que se proyecta, ilumina y transmite sabiduría a quién esté cerca.

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