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  La Huelga de los Salineros: la lucha más larga de La Pampa

En octubre de 1971 las y los trabajadores de Salinas Grandes declararon lo que se llamaría “La huelga de los salineros”, que se convertiría en la más larga que conoció La Pampa. Comenzada la medida de fuerza en la que pararon la fábrica para reclamar contra las imposiciones que los perjudicaban por parte de la empresa CIBASA, los cerca de 150 obreros fueron despedidos.

Columnas 08/02/2022 Escribe en InfoHuella: Norberto Asquini Escribe en InfoHuella: Norberto Asquini
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Por Norberto Asquini / Columnista en InfoHuella

El 28 de octubre, igualmente se reintegraron a sus labores. Si bien seguían en estado de asamblea, los primeros en llegar a la fábrica encontraron a cuarenta policías custodiando el portón clausurado con un candado y con un carro de asalto de la Guardia de Infantería. Ante la indignación de los salineros, los uniformados comenzaron a retirarse hasta la puerta de ingreso del predio. Los trabajadores tomaron entonces la planta y convocaron a una asamblea de todas las familias en el salón del club. Ratificaron el plan de lucha y la toma del establecimiento.

El expediente del conflicto de Salinas Grandes pasaría desde entonces, de mano en mano, entre los organismos laborales de la Provincia y la Nación, sin solución y extendiendo la huelga. 

El 3 de noviembre, los salineros volvieron a reunirse en Santa Rosa con las agrupaciones que apoyaban la movilización. La asamblea popular se realizó en la sede de la CGT donde cuatrocientas personas desbordaron el salón.

Se determinó iniciar una olla popular que se extendería por varios meses. El sábado 13 de noviembre partió de la sede de ATE hacia Salinas Grandes el primer camión fletado desde la capital provincial con alimentos y mercaderías del fondo de huelga, conseguidos por los militantes de la coordinadora, más lo recaudado en las colectas públicas. 

11asqusalenndLa mítica Huelga de los Salineros, la más larga de La Pampa, cumple 50 años

Si la huelga se sostuvo por tres meses fue gracias al esfuerzo de las y los obreros, pero también por el activismo de gremios y sectores sumados desde el compromiso. En la memoria colectiva de los militantes, quedó estampado el recuerdo de la solidaridad popular de las agrupaciones de la nueva izquierda y de la izquierda tradicional durante la huelga salinera.

La olla, todo un símbolo

Los testimonios aportados por quienes participaron de la huelga para el libro Crónicas del Fuego, del autor del artículo, muestran qué lugar ocupó cada actor en la movilización. El abogado Ciro Ongaro y el militante Héctor Topet fueron puntales en la definición ideológica de los trabajadores y en la marcha de la huelga. Ambos transitaron día por medio la ruta desde la capital pampeana hasta Salinas Grandes en un viejo automóvil del padre de Topet. 

Eugenio Kambich era líder de los huelguistas y cabeza del movimiento salinero, acompañado en la toma de decisiones y la acción por una decena de obreros de los más combativos. 

Las asambleas se realizaban al aire libre en el predio salinero, los oradores se subían a latas de aceite de varios litros o a la caja de la chatita para cargar sal de Luis Fiala, uno de los obreros, para dar su opinión. Otro lugar clave para el debate eran las ollas populares, convertidas en verdaderas “asambleas abiertas”. Todo el que quería podía hablar. 

"Era una pelea diaria pensar cómo íbamos a vivir", dijo uno de los salineros entrevistados. Ese fue el dilema con que se encontraron los trabajadores y sus familias tras recibir el telegrama de despido y dejar de cobrar sus sueldos.

Por eso las ollas populares fueron uno de los recursos más importantes con que contribuyeron los militantes gremiales y sociales. No sólo paliaron el hambre y racionaron los comestibles conseguidos en las colectas o donaciones sino que se convirtieron en la representación simbólica de la solidaridad entre los obreros y los militantes.

Una de las iniciativas propuestas por las agrupaciones de la nueva izquierda fue pedir colaboración a los habitantes de puerta en puerta de Santa Rosa y algunas localidades por medio de grupos de dos obreros y dos militantes. 

Las experiencias se contaron entre aquellos vecinos que vivían en condiciones humildes pero que entregaban un paquete de fideos o yerba; y quienes cerraban sus puertas tras la frase "vayan a trabajar, vagos".

"Muy poca gente ayudaba en Santa Rosa. Era ir a pedirles casa por casa y donde más daban, a pesar de la peor pobreza, era en los barrios de las afueras. En el centro directamente decían ‘no tengo nada’ o ‘el patrón no está’ si atendía una empleada. Pero en los barrios, hasta el más humilde sacaba algún paquete de yerba o fideos", comentó Luis Aguilera al autor, uno de los salineros que encabezó la huelga. 

"Se salió a pedir en barrios -precisó Topet- como Sargento Cabral y Granadero Falucho, con gran adhesión de la gente que daban alimentos y aliento. Recuerdo a una sirvienta que se acercó al camión pidiendo perdón porque no podía dar más de 50 pesos nacionales o a un trabajador que mandó a su hijo al almacén para que le fíe un paquete de fideos porque en la casa no había".

Las ollas grandotas colocadas en hilera, al aire libre en el predio, sumaban una docena en la que casi todos los días había guiso o sopa. Lo cocinaban las mujeres que habían aprendido a hacer cantidad de Elvira Alcaraz de D’Atri, “Tita”. Las obreras salineras y las esposas de los huelguistas acompañaron desde un primer momento la movilización, participaron del plan de lucha con actividades diarias, poblaron las asambleas y hasta se enfrentaron a los rompehuelgas, a los jefes cegetistas y a los policías en el predio. Las marchas tuvieron un componente femenino como nunca se había visto y se las podía ver portando cartelones, confeccionados por ellas, y coreando los estribillos creados al calor de la lucha. 

"Las mujeres fueron de una importancia fundamental, sobre todo ante las vacilaciones que sobrevinieron en el tiempo. Cuando la lucha se feminiza significa que se le da tanta seguridad que no hay marcha atrás. No hay recule posible", ejemplificó Topet durante una entrevista realizada para el libro.

El laudo del joven Marín

A fines de noviembre llegó un alto funcionario de la Dirección de Delegaciones Regionales del Ministerio de Trabajo. Ni los directivos de CIBASA ni los salineros aprobaron el arreglo. Tras el frustrado encuentro, el Ministerio de Trabajo reenvió el expediente a La Pampa. El 20, el Departamento de Trabajo provincial decidió aplicar el arbitraje obligatorio, pero la patronal había cerrado con candado la planta y había puesto un cordón policial de una decena de efectivos dirigidos por el comisario Aguilera. 

El viernes 3 de diciembre por la noche hubo una asamblea en ATE a la que asistieron los dirigentes de la CGT y fueron recriminados por su “pasividad” e “inoperancia cómplice”. Siendo las 21, una gran marcha tomó el centro de la capital. Los manifestantes salieron de la sede de los estatales, portando cartelones y antorchas que denunciaban el “manoseo del gobierno”. Desfilaron hasta la plaza San Martín en una convocatoria que asombró a muchos y alarmó a otros. Frente al monumento al Libertador, se realizó un acto. 

A pesar de las resoluciones dictadas por el organismo de Trabajo, CIBASA no reincorporó a los salineros, lo que significaba ignorar y desacatar las órdenes del gobierno de La Pampa. 

Los nervios y la bronca ganaban el predio. El 14 de diciembre un obrero, que trabajaba en la fábrica con la protección policial, disparó varios tiros contra los huelguistas. Un grupo de trabajadores golpeó al agresor. Por la noche, mientras el rompehuelgas trataba de ocultarse de la ira de sus compañeros, los más enfurecidos incendiaron su casilla. 

El 13 de diciembre el gobierno nombró como árbitro del conflicto al abogado Rubén Marín, empleado del Departamento Provincial de Trabajo de General Pico. El funcionario era un hombre vinculado a la CGT piquense y al peronismo.

El 17 de diciembre, Marín fue hasta las Salinas Grandes y parado en un tambor de 20 litros informó a los huelguistas sobre la posición del gobierno provincial frente al conflicto. Dos días después presentó la resolución del laudo arbitral. El mediador declaró legítima la huelga y dictó la reincorporación inmediata de los trabajadores. Además, la patronal debía pagar los sueldos caídos y devolver la diferencia del valor del alquiler descontado. 

También comenzó entonces a participar la CGT de General Pico con Lucio Martín Suárez, un gremialista de FOETRA, telefónico, vinculado al líder nacional, el peronista combativo Julio Guillán, a la cabeza. Suárez se reunió con los salineros y adhirió a su lucha. Su postura era presionar y negociar, y no la lucha a cualquier costo como promovían algunas agrupaciones. “Estoy convencido de que hay intereses creados y que este conflicto está siendo utilizado como pasto de cultivo de otra cosa, intereses que no hacen bien ni al pueblo ni a los salineros. Incluso si esto prosigue en este clima de agitación que estos intereses le quieren dar en cualquier momento pueden suceder hechos muy graves que pueden llegar a costar alguna vida innecesariamente. Por eso pensamos conminar al gobierno provincial que resuelva esto a la brevedad”, dijo en esos momentos en una entrevista con La Reforma.

Verano del 72

Finalmente, entre enero y febrero de 1972 el conflicto se resolvió en Capital Federal. A esa altura y ante el estancamiento del conflicto, los salineros continuaban con una posición combativa pero a la vez buscaban un acuerdo. Los dirigentes de la huelga observaban que una lucha indefinida no era posible y el voluntarismo de los militantes por sí solo no aseguraba el fin de la medida, más cuando los reclamos eran todos de máxima. 

En la segunda semana de enero, los salineros lograron un espacio en los medios televisivos nacionales. A raíz de un contacto de Suárez con el gremio de los trabajadores de televisión, Kambich logró leer ante las cámaras de Canal 11 una proclama titulada "Llamamiento a la clase obrera y al pueblo argentino". Para muchos de los protagonistas, esto fue un viraje en el rumbo del conflicto. Poco a poco radios, diarios y canales nacionales comenzaron a mencionar la lucha de Salinas Grandes.

El 20 de enero comenzaron las reuniones entre los representantes de los salineros acompañados por los dirigentes cegetistas, y los de CIBASA en Capital Federal. Unos doce salineros pudieron viajar a Buenos Aires gracias al aporte de varios gremios peronistas que pagaron el transporte y el hotel. 

La condición para el arreglo era una serie de despidos. La empresa ya no pedía la cesantía de 18 obreros como había reclamado en un primer momento. La nueva oferta era entre 5 y 10, además de pagar solamente el 40 por ciento de los salarios caídos en vez del 85 por ciento. 

"Los despidos finalmente fueron una cuestión personal. La patronal decidió que fueran los cabecillas", indicó el abogado Ongaro. 

El 3 de febrero CIBASA volvió a presionar a los huelguistas y envió ocho telegramas de desalojo de las viviendas en el predio de Salinas. Estaban dirigidos a las cabezas visibles del movimiento. Suárez presionó al gobierno con declarar una huelga general de actividades en toda la provincia y hasta nacional y se dio marcha atrás con la medida.

El acuerdo final

El 17 de febrero, una delegación con Kambich, Ongaro y dos salineros, sindicalistas piquenses encabezados por Suárez y tres dirigentes de la CGT santarroseña se reunieron con el director nacional de Delegaciones Regionales, Héctor Mamblona, y los representantes de CIBASA. Una larga conversación cerró al mediodía el acuerdo con el descabezamiento de los huelguistas y el pago del 50 por ciento de los salarios caídos. 

Ongaro dijo durante la entrevista cómo se consumó esa decisión en los pasillos del Ministerio: "en un cuarto intermedio, salieron todos del salón, hubo un aparte y Suárez puso el tono conciliador. ‘Piensen que esto lleva tanto tiempo y la gente quiere trabajar’, les dijo a los salineros. ‘Bueno, vamos a entregar algunas cabezas’, pensaron ellos". 

El acuerdo bajó los alquileres y les reconoció los salarios caídos y futuros a los salineros. Sin embargo, la contraparte sería dolorosa. Los trabajadores resignaban a sus líderes: Kambich, Ríos, Chiovini, Aguilera, Fiala y Galante, que quedaron cesantes y fueron indemnizados. Los salineros también negociaron el despido de dos de los obreros propatronal. 

Esa misma noche en Salinas Grandes, se hizo la última asamblea. "Hasta acá llegamos", dijo Ongaro a Topet cuando llegaron los representantes. La gente que había resistido durante casi cuatro meses, recibió la noticia de boca de Kambich. Hubo sentimientos y emociones encontrados entre los presentes, alegría por lo conseguido y la vuelta al trabajo; también llantos por el descabezamiento de los huelguistas. 

A fines de febrero, sesenta trabajadores volvieron a tomar sus puestos en la fábrica. Los despidos de los líderes salineros se concretaron poco después. El 2 de marzo, la prensa informaba sobre el deterioro de las relaciones laborales dentro de la empresa y el control policial acentuado sobre los obreros. 

Las represalias siguieron. Uno de los cabecillas que prefirió quedarse a trabajar en la fábrica sufrió la persecución patronal en carne propia. Fue enviado a los pocos días a limpiar los pozos ciegos abiertos y luego le ordenaron hacer una serie de tareas indecorosas. Debió renunciar a poco de finalizada la protesta. Un año después, otros diez trabajadores fueron despedidos. 

Lo que quedó de la huelga

La huelga de Salinas Grandes jalonó la historia regional contemporánea por la significación que tuvo en la lucha de los obreros durante casi cuatro meses contra una empresa multinacional. La trascendencia quedó determinada en su prolongada extensión, la más larga de las huelgas en La Pampa, y una de las más largas del país en ese momento. 

Las y los participantes de esa huelga entrevistados para el libro Crónicas del Fuego recordaron esos días de lucha con una mirada nostálgica sobre jornadas memorables de pasión y solidaridad popular. Para sus protagonistas, la fraternidad vivida en esos meses de conflicto entre los salineros y los militantes santarroseños fue una marca imborrable.

Dos de los activistas de aquella huelga, Ongaro y Topet recordaron en una charla con el autor un hecho que les tocó vivir. Un día llegaron a la casa de un obrero y una mujer les hizo señas para que pasaran al interior. Se acercaron, aunque no entendían el porqué de la invitación. Allí adentro, pegada en una de las paredes como parte de un panteón íntimo y personal, junto a una serie de imágenes religiosas entre las que se contaban el Papa, Ceferino Namuncurá y la Virgen, estaba el recorte de una foto tomada de un diario pampeano en la que se los veía a ellos.

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