Lo que los animales dicen cuando la Familia no escucha

Por Paula Pérez: Crónica desde mi mirada profesional sobre la etología clínica en La Pampa
Columnas04 de diciembre de 2025Paula PérezPaula Pérez
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Por Paula Pérez – Licenciada en Relaciones Públicas, Coach Laboral y Columnista en InfoHuella


No suelo entrar a un consultorio veterinario buscando una historia. Pero ese día, mientras el viento de Santa Rosa empujaba tierra contra las ventanas, me encontré frente a un hombre que escuchaba más allá de las palabras. Un veterinario, sí. Pero, sobre todo, un lector silencioso del comportamiento animal… y del humano.

Vine a entrevistarlo y terminé observándolo como quien observa un puente: la estructura que une dos orillas que dejaron de comprenderse.

El consultorio es pequeño, cálido, pintado en tonos suaves. Sobre la pared, diplomas enmarcados en madera conviven con un banner que invita a “enseñarles para que te entiendan”. Hay algo profundamente humano en ese lugar: una mezcla de clínica, hogar y confesionario. Un espacio pensado para recibir tanto dolor como esperanza.

Gustavo empieza su historia como quien abre un libro gastado. Habla de Mendoza, de las chacras, de las pariciones, del olor a corral, de los pájaros que él observaba mientras barría el galpón de niño. “Observaba todo… sin saber que eso se llamaba etología”, me dice. Lo escucho y pienso en esas vocaciones que aún no encuentran su nombre, pero ya insisten en la sangre.

Su camino profesional —trece años entre estudio y trabajo— lo llevó en 2004 a un criadero donde entrenaban perros detectores. Ahí, un colega apasionado le arrojó libros de comportamiento animal a la cama. Ahí se abrió la primera grieta hacia lo que hoy es su especialidad: la etología clínica. No como título estéril, sino como práctica diaria de escuchar, mirar y traducir.

Durante la entrevista, hubo un momento que me reveló algo esencial del trabajo de Gustavo. No fue una frase brillante ni un tecnicismo complejo. Fue apenas un gesto: el modo en que respiró hondo al leer un mensaje en su teléfono, lo dejó a un lado y volvió a la conversación con una calma que uno solo encuentra en quienes llevan años sosteniendo situaciones emocionalmente densas.

No hizo falta que me explicara demasiado. Intuí, como ocurre cuando una conversación se vuelve honesta, que detrás de ese suspiro había una historia difícil: familias que llegan al límite, casos donde la convivencia se vuelve riesgosa, decisiones que duelen y que ningún profesional querría acelerar ni detener sin un análisis profundo.

Gustavo convive cotidianamente con esas complejidades. Lo admiro porque no se victimiza ni responsabiliza a otros. Sabe que trabaja en una especialidad donde la frustración ajena a veces cae sobre sus hombros, donde algunos colegas simplifican lo que él estudia con rigurosidad, y donde la sociedad todavía confunde etología con adiestramiento o “perros dominantes”.

Y aun así, él elige el camino más difícil: el de la ética profesional.

No opina sin evaluar.

No promete curas mágicas.

No señala culpables.

No se corre cuando la situación es delicada.

Hace algo mucho más valioso: se queda. 

Se queda explicando. Se queda educando.

Se queda ordenando información que otros apresuran.

Se queda acompañando a familias quebradas emocionalmente, incluso cuando esas mismas familias deciden abandonar un proceso antes de tiempo.  Y lo hace sin enojo, sin soberbia y sin ese tono experto que distancia.

Lo hace con ciencia y humanidad al mismo tiempo, una combinación rara incluso dentro de la medicina.

Ese instante —ese mensaje, ese suspiro, esa forma de seguir adelante— fue para mí una radiografía de su vocación.

Porque la etología clínica no siempre se trata de resolver un problema; muchas veces se trata de sostener el límite emocional de otros, de comprender que la conducta animal es también un espejo del entorno humano, de navegar situaciones tensas sin perder el eje y de ser la voz calmada en medio del desconcierto. Gustavo no “trata perros”.
Gustavo acompaña procesos familiares.

Traduce comportamientos. 

Desactiva miedos.

Ordena realidades.

Y cuando no hay más para hacer —porque eso también ocurre— es él quien garantiza que las decisiones se tomen con respeto, conocimiento y responsabilidad.

Ese es el tipo de profesional que marca una diferencia en una provincia que todavía está aprendiendo a mirar el comportamiento animal desde un lugar serio, profundo y compasivo. Y ese día, mientras lo escuchaba, entendí por qué: porque trabaja desde la integridad, no desde la conveniencia.

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“La mayoría llega cuando el vínculo ya está dañado”, me explica, sin dramatismo. Y entonces entiendo su rol: devolver orden donde hay caos emocional. En coaching hablamos de escucha activa, de acompañar procesos, de detectar incoherencias entre lo que se dice y lo que se hace. Él hace lo mismo, pero con animales y personas al mismo tiempo. Traduce tensiones. Interpreta miedos. Recibe a tutores que lloran, parejas que discuten, familias que no saben en qué momento todo se desbordó.

Ese “todo” puede ser una agresividad repentina, un gato que marca compulsivamente, un perro que huye en tormentas hasta desorientarse. Su trabajo integra análisis clínico —sangre, hormonas, neurología— con ambiente, rutinas, emociones y comunicación. Me sorprende cómo entrelaza ciencia dura con sensibilidad humana. Me reconozco en ese cruce: qué cerca están, sin saberlo, la etología y el coaching. Ambos trabajamos con vínculos. Ambos interpretamos silencios. Ambos devolvemos posibilidades de comprensión.

En medio de la conversación, Gustavo hace hincapié en “2–12 semanas”, como la ventana crítica de socialización. Lo explica con la firmeza de quien sabe que ahí se juega gran parte del destino emocional de un animal. Lo que un cachorro no conoce en ese período, lo teme. Y lo que teme, lo expresa como puede: huyendo, gruñendo, atacando. Lo escucho y confirmo algo que también vemos en las personas: lo que no se acompaña a tiempo, duele más tarde.

Cuando describe casos de fobias y agresividad, baja la voz. No por miedo, sino por respeto. Relata la historia de una niña atacada, de una joven que quedó marcada, del bozal que se soltó, del miedo que desarma cuerpos y rutinas. Me habla de psicofármacos sin tabúes, pero con delicadeza clínica: no busca adormecer animales, busca restaurar niveles normales de ansiedad. Lo explica desde la fisiología, desde la responsabilidad ética. Y yo pienso en cuántas veces, en lo humano, también buscamos “agarrarnos” de algo para bajar la tormenta interna.

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La conversación deriva hacia La Pampa, este territorio que ambos conocemos desde adentro. Un lugar donde conviven veterinarias con tecnología de punta y crianzas ancladas en mitos. Donde se ama a los animales, pero se desconoce cómo acompañarlos. Donde las adopciones improvisadas generan más estrés que soluciones. Gustavo ofrece talleres, protocolos, orden. A veces lo aceptan; otras, no. Nadie quiere sentirse señalado. Pero la educación —coincidimos— es urgente.

Antes de despedirnos, me muestra videos que le envían los tutores: avances, retrocesos, ejercicios. Su trabajo no termina en el consultorio: continúa en audios, en correcciones, en un acompañamiento que se mueve al ritmo real de la convivencia. “El que más se comunica es el que mejor evoluciona”, resume. Y esa frase, tan simple y tan profunda, trasciende la etología: también habla de vínculos humanos que se rompen por falta de diálogo.

Salgo a la calle y el viento sigue moviendo tierra. Pienso en los animales que no hablan con palabras, pero dicen tanto. Pienso en Gustavo, en su forma de traducir ese lenguaje, en su compromiso silencioso con familias que solo quieren recuperar la paz.

Y confirmo algo que repito siempre: donde hay vínculo, hay transformación.

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