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Jesús Fernández, profesor de Educación Física, militante oesteño por los ríos, por la cultura Rankel y los Derechos Humanos, acerca a InfoHuella su vivencia en Chos Malal, donde los puesteros y productores caprinos no conocen de alambrados.
Zonales17 de enero de 2021
InfoHuella


Escribe en InfoHuella: Jesús Fernández
A más de 470 kilómetros de Santa Rosa, se encuentra en el oeste pampeano el Paraje Chos Malal, el cual cuenta con un Centro Comunitario, una Escuela de jornada Completa, una Posta Sanitaria con una enfermera "todo terreno" -como lo es Rosario Peletay- y algunas iglesias Evangélicas que suelen reunir a varios puesteros de la zona.
Chos Malal - el Paraje que días atrás sufrió la inundación de sus puestos por unos 85 milímetros que cayeron en unas dos horas- está lejos de parecerse a un pueblo como cualquier otro que uno esperaría encontrarse en el interior pampeano. Más bien, está dividido en distintos asentamientos de puesteros o viviendas de puesteros que, en su mayoría, se dedican a la cría de caprinos. Y es aquí donde queremos remarcar la diferencia y la grandeza que ha hecho perdurar culturalmente su forma de vida en comunidad. Porque acá todos los puestos y sus animales comparten un mismo espacio. Acá, el alambrado brilla por su ausencia. Si, así es. Son un ejemplo de territorio en común. Una forma de vida que ya no se ve por estos pagos. Lamentablemente, en Emilio Mitre, también oeste pampeano, donde está el mayor asentamiento del pueblo Rankel - o lo que queda de él- la tierra está en disputa. Pero eso es otro asunto que en otra ocasión con gusto podremos hablar o debatir.

En Chos Malal, todos los animales pueden pastar por todas partes. Aquí no existe el alambrado, ni siquiera un mojón o un poste que divida un pedazo de tierra. Es más, ni si quiera van a ver medianeras o patios cerrados en las casas. Recuerdo que un tiempo atrás, cuando estudiaba Educación Física en General Pico, fui testigo como dos vecinos tuvieron que ser hospitalizados por pelearse entre sí por 3 o 5 centímetros de medianera, habiendo en nuestra provincia semejante cantidad de extensión de tierras por "compartir".

Pero volviendo a Chos Malal, decía, que ese concepto de "Propiedad Privada" o de límites para con el vecino y sus animales no existen, o aún no ha llegado - por suerte- y es muy hermoso poder verlo uno mismo. Lo único que los separa o los identifica a los animales son los cencerros, alguna señal en las orejas o una marca en el cuarto de algún caballo; o también su corral, pero a veces ni eso porque hay paisanos que solamente encierran las chivas solo en épocas de parición, y después las mantienen a rodeo o a campo abierto durante casi todo el año. Los caballos, las ovejas y algunas vacas se entremezclan con las chivas y se pierden en el horizonte verde y rocoso del Paraje Chos Malal. Parece mentira pero nunca se mezclan con otra majada, y eso que hay más de 30 majadas de diferentes puesteros pastando en los mismos campos. Ellos, los puesteros, entienden que las tierras son de todos y lo que más suele preocuparlos es que gente de afuera siga comprando campos a los alrededores y vayan arrinconando o achicando poco a poco la zona de pasturas de sus animales.

Amigo lector, si algún día viene por Chos Malal, no espere ver un pueblo ahí nomás. Salga, conozca y reconozca sus bellezas, sus manantiales, sus valles, sus piedras coloradas, su gente y los puestos en "Los Rincones" y "Las Cortaderas" – dos zonas donde hay más puestos o más casas de familias distribuidas en distintos asentamientos-.
Y si ven algún fueguito fino y alto, no se asuste, es una manera de avisarse entre ellos de que ya hay algún "Voleao", sea potro o Ñandú. Y si se encuentra con una canchita de fútbol, con el pasto bien verde y con unos arcos de palo, mejor pregunte qué día hay partido porque “el Abel Garay y el Camilo Yanten” van organizando semana a semana un partidazo entre los vecinos de la zona y otros que se llegan desde La Humada para hacer rodar la pelota con partidos que no duran menos de tres horas.

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