
Nicoletti, el preso político que cambió Europa por el Telén de Catín
Por: Cristian Javier Acuña


Es martes. Se acomoda el reloj pulsera que lleva en la izquierda. No mira la hora, pero se lo acomoda. Faltan minutos para las 20. La cita, que fue suspendida ya dos veces, está a minutos de concretarse. Sí, la tercera siempre, pero siempre, es la que triunfa.
Sube la escalinata de la Universidad Nacional de la Pampa, donde hasta hace poco leyó el pasacalle que rezaba “aquí se están juzgando genocidas”. Entra, primer piso, Facultad de Humanas, aula 207.
Nelson Nicoletti se saluda con Jorge Nemesio -profesor de trabajos prácticos de Derecho a la Comunicación (cátedra Sebastián Castelli) - que lo invitó a dar testimonio de sus tiempos difíciles, cuando era periodista del diario La Capital.
Se sienta, en frente tiene un vasito blanco de plástico, como el que te dan en las cantinas. Toma un trago de agua. Más atrás, los estudiantes, que están abordando temas relacionados a la censura en el periodismo.
Se acomoda el reloj pulsera, es como que le da un medio giro. No mira la hora. Habla, habla y habla. Se queda en detalles, y sigue. Cuestiona el papel de la Iglesia en dictadura. Al mismo tiempo, cuenta que tiene dos hermanos curas - pero de los que se la jugaban - y que hoy murió uno de ellos. Cuenta que su madre fue monja. Que él estudió para cura, pero terminó siendo periodista. Habla del diario La Capital, del desafío de tener un diario de papel en Santa Rosa. De conformar la cooperativa para que el diario siguiera saliendo.

DIRECTOR
Nicoletti estaba en la redacción del diario La Capital, ubicado en la Pelegrini al 100. Era el director. Estaban haciendo la portada para informar que la dictadura de 1976 había dado el Golpe Cívico Militar - en Buenos Aires Clarín iba a titular “Nuevo gobierno”-. Nicoletti cuenta que lo encapucharon y que luego vino el traslado: “Me llevaron a la cárcel de máxima seguridad de Rawson, en Chubut. Para ellos, era un subversivo”.
LA CENSURA
Habla de los que se la jugaron, de los que la pasaron mal junto a él, como Santiago “Cholo” Covella. Habla de los que miraron para otro lado o, peor aún, quienes desde un editorial elogiaban a Baraldini en las páginas de La Arena. Mira a los ojos a los estudiantes y les va contando una a una las que pasó. Las rejas frías de la cárcel de Rawson, el abrazo de compañeros que no volvió a ver nunca más porque- en algunos casos-, que te liberaran era un paso a desaparecer en plena dictadura.
Nicoletti se vuelve a acomodar el reloj con la mano izquierda. De a ratos, está con los pies en el aula, hablando de su rol en el Parlasur, pero de a ratos las preguntas de los estudiantes lo sacuden. Se va a los años antes del Golpe, cuando cubrió la nacionalización de la UNLPam. Mientras mira a los estudiantes de este 2022 les dice que ese fue un logro de los estudiantes de hace unos 49 años atrás.
Recuerda que cuando lo liberaron, le impidieron que caminara las calles de Santa Rosa. No era una buena imagen que por la capital pampeana anduviese suelto un subversivo. Terminó en Campo de Mayo. Allí le dieron la posibilidad de salvarse. Debía exiliarse en Europa.
Como si los vientos soplaran a contramano, una ráfaga lo lleva al oeste. Nicoletti les propuso como destino Telén, el pueblo de menos de mil habitantes, donde trabajaba su madre en la desaparecida Escuela Hogar 115. Lo aceptan, pero custodiado.
Agarra el vaso de plástico blanco y bebe agua. Quiere seguir. Es como un libro hablado que, pese a que lo leas salteado, en cada una de sus páginas te va contando una historia distinta, pero todas hablando de los mismo: del oficio del periodista, de las censuras, de la utopía a flor de piel, de más censura, de los desaparecidos, de que hay que darle voz a los que no tiene voz y de más y más censura.
EN EL TELÉN DE CATÍN
Nicoletti habla de Telén y parece que está ahí. Su memoria le trae imágenes que parecen inéditas. Cuando le pone voz, parece que las va hilvanado por primera vez, parece que las suelta por primera vez. “Estando en Telén, un día decido mandarle una carta a mi amigo Delfor Sombra que estaba en México. El cartero del pueblo era Catín, Catín Vargas”.

Lo nombra y se emociona. Catín falleció el 25 de enero de 1997. Se llamaba Martín Nicasio Vargas. Nelson se acomoda el reloj pulsera y mientras sigue le da vida a Catín.
“Catín me recibe la carta y antes de certificarla, me dice: “Si yo mando esta carta certificada a tu nombre, tengo órdenes de que esto vaya a Campo de Mayo””. Nicoletti advierte que estaba firmando su propia tortura.
“Hace pocos años atrás hablé con Margarita – esposa de Catín – y le pregunté si alguna vez Catín le había contado esto. Me dijo que él era muy reservado en su trabajo”, cuenta Nicotetti.
La dictadura militar también había dispuesto censurar y secuestrar cada una de las cartas que salían de Telén a nombre de Nelson Nicoletti. Lo que no tenían en cuenta era que ese hombre reservado apodado Catín, se iba a jugar el pellejo cuando le advirtió a Nicoletti que el destino final de su carta no era México ni Delfor Sombra, sino Campo de Mayo, donde los militares lo seguían vigilando.
Se vuelve a acomodar el reloj, pero no mira la hora. Son las diez de la noche. Volvió a nombrar a Catín y la emoción esta vez lo detuvo. Hizo silencio. Los estudiantes, atentos escuchando cada una de las historias de censura por las que pasó, lo abrazaron con un aplauso. Un aplauso que retumba en el aula 207 del primer piso de la UNLPam. Un aplauso que es para Nelson, y para todos los que se jugaron el pellejo en tiempos difíciles, como el Catín de Telén.




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