El Indio como Luca, siempre enemigo de lo solemne

Escribiendo07 de junio de 2026Por: Cristian Javier AcuñaPor: Cristian Javier Acuña

lucaindiio

Cuando Luca Prodan murió yo tenía nueve años.

La noticia me llegó varios años después, cuando tendría catorce o quince. No fue por la radio, ni por la televisión, ni por un cassette dando vueltas en un minicomponente. Llegó desde una revista que encontré en una loma inmensa donde el camión volcador descargaba la basura del pueblo.

En esas páginas estaba Luca. Ahí descubrí a Sumo.

También leí que aquella multitud huérfana que había seguido a Sumo encontró en Los Redondos una nueva tribu, una nueva bandera, una nueva fe pagana para seguir cantando.

Así fue llegando Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Y apareció ese pelado como Luca. Con lentes oscuros como Luca. Con canciones que parecían continuar una conversación que ambos habían empezado en algún rincón del rock argentino. Ese era el Indio.

Leí a Sumo y a Los Redondos sin siquiera escuchar su música ni saber de sus letras.

Primero leí las historias alrededor de esas bandas. Leí entrevistas, crónicas, perfiles. Leí a quienes escribían sobre ellos. Recién después llegó algún cassette TDK grabado de mano en mano.

Me gustaban Sumo y Los Redondos antes de saber exactamente cómo sonaban.

Me gustaban sus narrativas. Su mística. Su folclore.

Y también me gustaba cómo otros los contaban.

Recuerdo especialmente a Carlos Polimeni escribiendo sobre el día que murió Luca.

Me fascinaba.

Era un texto triste, profundamente triste, pero volvía a leerlo una y otra vez. No había morbo. Había frases a las que yo les ponía imágenes inventadas. Había palabras que ni siquiera formaban parte de mi vocabulario. Algunas no las entendía. Sin embargo, me quedaban resonando.

Las repetía mientras caminaba.

Las recitaba.

Y eso es lo que más me impresionaba: no era una canción ni un poema. Era una crónica. El relato de una muerte.

El breve texto hablaba de Luca: de su muerte, de un tipo que había cruzado el océano para dejar una huella imborrable en el rock argentino. Un italiano que hizo del castellano áspero una forma de retratar el Abasto, las pensiones, las esquinas y los fantasmas de este país.

Muchas veces intenté – en vano - volver a encontrar aquel texto. Pero todavía lo guardo en la memoria. Y cada vez que puedo lo desempolvo... a veces en voz baja... a veces en voz alta... porque me acuerdo retazos que están intactos:

"Cruzó la calle con el rostro demudado y por la ventana dio el latigazo. Llamó La Negra Poli. Murió Luca".

Y después venía aquella escena final. Que hasta el día de hoy me sigue conmoviendo.

“El clima habitual que rodea a un entierro fue roto por jugadas del destino. El féretro de Luca no pasaba por la puerta de su casa. Cuando el cortejo fúnebre llegó a Chacarita, se encontraron con que no había lugar. Hubo que enterrarlo en Avellaneda.

Parecía otro chiste del pelado.

Siempre enemigo de lo solemne”.

Hoy, 7 de junio, día del Periodista, sigo disfrutando de leer. Y sigo intentando ejercer este oficio hermoso de escribir: este día y cada día, por más triste que sea.

Hoy —varios años después—, atravesados por internet, las redes y hasta la IA, escribo tipeando palabras que leía en un fascículo de una revista que encontré en el basurero de Telén y me quedaron grabadas para siempre.

Y no puedo escribir del Indio sin volver a Luca. Porque los admiro y a mí se me cruzan todo el tiempo…

Al Indio le cerraron las puertas de la Casa Rosada para despedirlo. Hubo que velarlo en Avellaneda.

Parecía otro chiste del pelado.

Siempre enemigo de lo solemne.

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