
En la derrota, nos faltó el sapucay
Por: Cristian Javier Acuña


En estos días volvieron los paralelismos. Siempre aparecen, casi siempre forzados, incluso en este texto. Sin ánimo de comparar héroes deportivos con héroes de guerra, ni futbolistas con soldados de Malvinas, hay historias que, por un instante, parecen rozarse. No porque el dolor, el sacrificio o la gloria puedan medirse en un mismo terreno, sino porque hay sentimientos que encuentran puntos de encuentro.
Después de vencer a Inglaterra en semifinales, Lautaro Martínez contó una anécdota sencilla. Dijo que cuando se fue de su casa para perseguir el sueño de ser futbolista profesional, su mamá nunca desarmó su cama. La siguió tendiendo todos los días, esperándolo. No importaba si pasaban semanas, meses o años. Esa cama seguía siendo su lugar.
Y entonces uno entiende que, antes de ser estrellas, muchos de los jugadores de la Scaloneta fueron pibes de barrio. Hijos de familias trabajadoras. Chicos que salieron de pueblos y ciudades del interior con una valija cargada de sueños. Hoy la vida los encontró en otro lugar, con fama y una realidad económica completamente distinta. Pero la infancia no se borra. Las raíces tampoco. Y la patria, mucho menos.
Entonces aparecen aquellas otras madres. Las que también siguieron esperando. Las madres de los soldados de Malvinas. Muchos de ellos también eran chicos del interior, humildes, con más ilusiones que certezas. Se fueron con apenas 19 años, algunos incluso más jóvenes. Y hubo camas que quedaron tendidas para siempre.
No, los jugadores de la Selección no son los soldados de Malvinas. Sería injusto para unos y para otros intentar igualarlos. Tampoco Messi es Maradona. Ni el fútbol puede compararse con una guerra.
Pero los argentinos tenemos esa costumbre de buscar símbolos para explicar lo que sentimos. Y cuando las emociones nos desbordan, inevitablemente buscamos comparaciones.
Quizás por eso, cuando la pelota deja de entrar y el resultado ya no acompaña, aparecen las historias que valen mucho más que un trofeo.
Quedan más Mundiales. Quedan más Copas América. Quedarán más partidos frente a Inglaterra y frente a cualquiera. Y seguramente aparecerá otro chico salido de un potrero, de un pueblo del litoral o de cualquier rincón del país, dispuesto a volver a ilusionarnos.
Ojalá ese día, cuando parezca que la noche se viene encima, alguien rompa el silencio con un sapucay. Ese grito ancestral que también resonó en las trincheras de Malvinas, cuando la muerte era inevitable, cuando hacía falta el abrazo y cuando no quedaba otra que resistir.
Ojalá vengan muchas más victorias. Pero si alguna vez vuelven las derrotas – como la del domingo -, que no nos falte el sapucay. Ese grito que abraza, que resiste y que recuerda. Como el de aquellos pibes de Malvinas, que jamás olvidaré.




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