
Escribe Juan Cruz Cazanave: Cupressus macrocarpa
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Es evidente que si ya falto a la verdad desde el comienzo, es porque dos de las tres personas intervinientes ya no están para dar fe de lo sucedido, y digo solamente dos, porque también podrían ser tres de cuatro, si contamos al dueño del establecimiento en cuestión, pero creo que empezar una historia desde las ausencias pone al lector en una situación de nostalgia innecesaria, y nada más lejos está de mi intención, quizás porque la nostalgia y los actos vandálicos convertirían a todo esto en una gesta, una épica, una oda al romanticismo, y como repito, el único presente terrenalmente es quien suscribe, la situación de incomodidad se hermanaría con el autobombo y tampoco va de eso mi relato.
Retomo el imaginario hilo que mal tejo en el relato.
Comienzo faltando a la verdad desde el título, no por necesidad de redacción, sino más bien por impericia, y por ser de los tres, quien menos capacidad tiene en el relato de anécdotas, la cual en boca de los dos ausentes no tendría desperdicio alguno.
Mi memoria para este tipo de detalles me juega una mala pasada. Por eso creo de a ratos estar seguro que era un Fresno, y de a ratos veo a un Ficus y porqué no a un Álamo.
Solamente confió no en mi memoria sino en mis sentidos. Apelo no a saber, más bien a sentir, y cuando cierro los ojos, y siento las risas del Jarra a mis espaldas y las ramas de una planta de finas hojas y de olor muy particular, confío plenamente en equivocarme con el alma.
Mi alma, mis recuerdos y yo, llegamos a un botánico acuerdo.
La situación, en resumen y acabadas cuentas se torna por lo menos bizarra.
Dos primos, dos amigos, dos hermanos. Dos partes de un todo, esa vez como tantas otras pasadas y tantas otras por venir, se encontraban por obra y gracia del destino en la soledad de la noche más hermosa que una adolescencia puede tener.
Esa noche donde nada falta. Donde todo es posible. Donde no hay límites para imaginar, y tampoco para proyectar. Esas noches en que la quietud y el movimiento de un pueblo comulgan en la más armónica de las sinfonías.
En esa noche nos encontrábamos. En ese inicio de todo. Tan prometedora la noche como nuestro futuro. Oscuro, incierto, pero inmensamente posible.
El contexto marcaría que el alcohol había sido el suficiente y por así serlo, se erigiría como participe necesario para el desarrollo de los acontecimientos.
Noche de alcohol y risas. Adolescencia pueblerina de hace más de 20 años.
Caminata de silencio, piedras pateadas y sólo bastó una cuadra para la aventura.
El destino final de toda noche victoriquense, hace 10, 15, 20 años, hoy y mañana era y es conocido. El Grifo. Lo llamativo no fue el destino, sino la parada técnica.

En improvisada puerta de patio, de caño y alambre tejido, resguardada por dos pilares de ladrillo y cemento, sin siquiera hablarlo ni plantearlo, se detuvo nuestra atención.
Carente de candado, porque quién nada teme, nada protege, se encontraba el vivero de Vicente. Tan a la vista y al alcance de todos, que se presumiría intocable. Sin pretensiones de pulmón, podría haber sido considerado un alveolo de la calle 15.
Y esa noche, como pudieron haber sido tantas otras, pero fue sólo esa, la osadía, la adolescencia, la sinrazón y el desparpajo, obraron de cuádriga romana, para llevar a los dos protagonistas (pasando de primera a tercera persona si se me permite) a cometer dicho acto.
Cualquier descripción del hecho, por somera que sea, tardaría más que el hecho en sí, porque sin premeditación, pero quizás con alevosía, dichos jóvenes franquearon la puerta, tomaron lo que no era suyo (y ya tampoco de Vicente) y partieron con destino, según ellos incierto, pero hartamente conocido.
Y aquí vuelven los sentidos a ganarle a los recuerdos.
Solamente dos cuadras de recorrido, que aparentemente en mi memoria estaban casi borradas, de repente son un río de emociones, vuelven la risa, los olores y un par de palabras:
_ ¿Se la dejamos a la Mita?
_ Dale
Recorrimos las dos cuadras, doblamos la esquina, cruzamos el tapialito y la dejamos debajo del alero. Ya formaba parte del paisaje natural.
Sin decir más, y con el resto de las carcajadas que quedaban, volvimos a la calle 15 hasta la Iglesia, la plaza, El Grifo y los amigos.
Del resto de esa noche no recuerdo absolutamente nada.
Días después, un mediodía como tantos que tuvimos los tres, con pimientos rellenos de por medio, el comentario fue:
_ Ya sé que fueron ustedes. Ya hablé con Vicente, no dijo nada, se rio.
Nosotros también. Ahora éramos tres los que reíamos.
Tantas veces he vuelto a pasar por esas cuadras. Tantas veces he estacionado enfrente con la excusa de algún helado, y cuando miro ese lugar, todavía veo las hileras de plantas de Vicente, todavía siento las risas del Jarra a mis espaldas, todavía tengo grabado ese olor de las hojas que me tocan la cara. Cupressus macrocarpa. Pino limón.
Quizás ya sé por qué pido el mismo gusto de helado siempre, hasta hoy, sin pensarlo. El chocolate puede estar, el granizado también, el limón nunca falta.
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