
Escribe: Analía Vázquez/ Ley de la selva
Escribe: Analía Vázquez


Es otoño pero el fresco se adelantó y tiene que salir abrigada para soportar la fila que rodea la manzana del hospital, sin pescarse otra bronquitis. Se toma un té caliente con jengibre y miel y se asegura de llevar todos los papeles de PAMI, el tejido, las bolsas de las compras y una sillita plegable para la espera.
Eusebia camina por las veredas apenas iluminadas por algunos faroles, porque en los últimos meses la municipalidad decidió ahorrar en luz. Diez cuadras al paso que le permiten sus piernas doloridas y las baldosas rotas. Ella sabe que la medalla del sagrado corazón la protege de los robos y los malos pensamientos. Para hacerse compañía, tararea una canción.
La fila ocupa toda la cuadra. Entregan cien turnos por día para la parte de clínica médica y su doctora de cabecera comienza a atender a las 8. Con suerte a las diez u once se libera. Se pregunta a qué hora se habrán levantado las decenas de personas que están antes que ella, la mayoría más jóvenes. Encoje los hombros, abre la silla plegable y se sienta.
Durante las siguientes horas, Eusebia conversa con una mamá que lleva en brazos a su bebé de seis meses, de a ratos le sede la silla plegable y otros sostiene a la criatura. Le promete un chaleco tejido y le asegura que se lo va a dar dentro de quince días cuando se encuentren de nuevo en esa fila. El bebé tiene fiebre y apoya la cabeza en el pecho de la madre.
A las 7.30 empieza a clarear y una enfermera se acerca a la fila con un termo de café caliente. Entrega vasos primero a la gente mayor y luego sigue con los demás. Ya falta poco y esto se empieza a mover, les dice con una sonrisa. Eusebia le entrega una estampita bendecida en la misa del domingo, la enfermera la besa y la guarda en el bolsillo del guardapolvo.
El frío es más intenso a medida que avanza la mañana y Eusebia se hace a un lado para toser, seguro es la alergia. Quedan ocho personas para entrar al hospital y de ahí a la sala de espera. Se envuelve la garganta con el pañuelo y piensa en Antonio, le dejó el té tapado con un plato y unas tostadas en la mesa de luz. Habrá tenido la fuerza para tomarlo. Necesita los remedios, luego ir a la feria. Lo que le queda de la jubilación le va a alcanzar para la sopa de tres días. Un caldo nutritivo lo va a levantar dice, en voz alta.
La sala de espera es un amontonamiento de gente, de tos y de párpados languidecidos. Eusebia mira a la Doctora Sánchez que sale para llamar a otro paciente. A ella también le trae una estampita y un dulce casero. Dios bendiga su fortaleza, su energía y la proteja de las enfermedades dice, también en voz alta.
Cierra un rato los ojos y se queda dormida con la cabeza reclinada. Cuando llega su turno, la madre con el bebé que conoció en la fila escucha el nombre y se acerca a despertarla, Eusebia, por fin la llaman. Gracias querida, cómo está tu hijo. Nos tienen que dejar internados, pero no hay cama. Así que tenemos que esperar. Eusebia le anota su teléfono en una hoja de la agenda, no vivo tan lejos, si necesitás algo me llamás, tesoro.
La doctora saluda a Eusebia y corre la silla para que se siente, le ofrece un vaso de agua, aunque ella ya no tiene saliva para explicar acerca del desabastecimiento del hospital, la falta de recursos. Lleva veinticuatro horas de guardia y todas las noticias que tiene que dar son malas y aún le quedan varios pacientes más. Eusebia la consuela y le da la estampita y el dulce casero. La doctora Sánchez saca de un aparador con llave la última muestra gratis de Tramadol. Le aclara que ya no entregan medicamentos. Eusebia, nuestro país se ha convertido en la ley de la selva. Ella asiente, le agradece y se va, ajustándose el pañuelo en la garganta.
La feria está a pocas cuadras, en la plaza. Compra el zapallo, las papas, unas cebollas, un brócoli, acelga y unos huesos de osobuco. En la parada del colectivo las bolsas y la silla plegable le pesan. Una señora se fastidia porque ocupa mucho lugar en la fila y habla entre dientes. El colectivero viene a todo lo que da y frena de golpe. Un muchacho ayuda a Eusebia con las bolsas.
A los diez minutos, toca el timbre en la parada. Se baja con esfuerzo, camina dos cuadras hasta su casa. Abre la puerta, deja todo en el piso y entra a la habitación. La cama está vacía. El baño está vacío. En la cocina la taza de té en la pileta y al costado de la mesa, Antonio intenta respirar. Eusebia saca el tramadol y le da un vaso de agua, le acaricia el pecho. Lo abraza, intenta levantarlo y guiarlo hasta el cuarto. Se recuesta a su lado y le da la mano, con los dedos entrecruzados, como cuando eran novios.
Analía Vázquez / Taller Ruedamares. Otoño. 21/3/24
Ilustración Martha Marino. Acuarela.
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