
El destierro
Escribe: Analía Vázquez


Recorrió su cuarto despojado de rastros y acarició los dos nombres tallados en el techo de madera que daba al altillo. Hay cicatrices que ayudan a recordar. Cuánto miedo tenía al olvido.
Se dejó llevar por la luz que se filtraba entre los cristales de colores de la antigua ventana de la cocina. Puso la pava al fuego, uno de los pocos utensilios sobrevivientes al destierro. Sostuvo el mentón con sus manos apoyada en la mesada y miró en el terreno vacío de enfrente, el único eucalipto que había sido su cobijo durante tantos años de la infancia. Una vez lo compartió con unos gitanos nómades que instalaron una carpa inmensa durante varios días y ella aprovechó a escribir, con la curiosidad de un etnógrafo apasionado, esa forma de vida deslumbrante. Miró el guadal que había amortiguado tantas piruetas. Sonrió por aquella pijamada en la cocina, con sus mejores amigas, los relatos de terror circundados por el extenso campo en el que deambulaban la luz mala o la llorona. Todas temblando de miedo y luego muertas de risa. Las llamadas a la radio para elegir canciones.
Volvió a sentir miedo, miedo al encierro de la cubícula del camión, supuestamente tan cómodo porque tenía una camita que sólo ella iba a aprovechar durante las doce horas que duraría el viaje. Miedo porque sabía que los recuerdos son una reinvención subjetiva del tiempo.
Sus papás llegaron y le preguntaron si estaba lista, ella no contestó y callada subió con su mochila al camión. El sol planeaba sobre el monte. A los lados de la ruta, decenas de eucaliptos, ninguno como el de ella, se balanceaban sobre el asfalto húmedo. Laura miraba el paisaje y aunque semanas atrás anhelaba la aventura de una vida nueva, al igual que los gitanos, en ese momento sintió que se quedaba sin aire. Abrió la mochila para tomar algo de agua y se encontró con una bolsita llena de cartas escritas a mano, una con un corazón. Las otras, hoy algo resquebrajadas, se cristalizaron en la certidumbre de un tiempo imborrable, con ramas de eucalipto que se elevan hasta el cielo.
Ilustración: Martha Marino
Analía Vazquez (*)

Soy Licenciada en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. Amo el mar y las montañas. Tengo a La Pampa, especialmente a Telén y a Victorica, en mi corazón, ya que viví allí durante la etapa más linda de la adolescencia. Llegué a la escuela número 9 de Telén una tarde lluviosa de 1987. Recuerdo que para acceder pusieron un tablón de madera que hacía de puente sobre la calle inundada. Me fui (sin querer irme) en 1993, cuando tenía poco más de 15 años. Me llevé un tesoro de vivencias hermosas y amistades que aún conservo como si el tiempo no hubiese pasado.
En mi camino profesional trabajé en prensa y comunicación, luego en un diario de Chile, La Prensa Austral de Punta Arenas. Allí tuve la oportunidad de escribir sobre temas coyunturales que definen la identidad de la región y su relación con la Antártida, los pueblos originarios, las investigaciones científicas, la educación, y la cultura en sus múltiples expresiones.
En la actualidad me dedico a enseñar Lengua, Literatura y Teoría del Conocimiento para un colegio IB. Me fascina la educación porque estoy convencida de que un mundo mejor se construye desde ahí.
Amo a mi familia, a mis cachorros, a mis amigos, la música, los atardeceres y la naturaleza en todas sus formas.
Si tuviera que elegir una frase que define mi perspectiva de vida sería de uno de mis libros preferidos, El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos” (Sólo se ve con el corazón)”.





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