El día que Anabella escribió el silencio en una hoja Gloria

Cruzó la calle ubicada en la cuadra más triste del pueblo. Caminó esos 15 metros de cordón a cordón que separaba su casa de la escuela y entró al aula que da a la avenida, frente a la Terminal.

Escribiendo 06 de enero de 2023 Por: Cristian Javier Acuña Por: Cristian Javier Acuña
anabella

En tiempos donde oficiaba eso de “los nenes con los nenes y las nenas con las nenas” Anabella estaba casi sola. Eran dos o tres las alumnas mujeres en un aula de casi 15 varones. Los primeros años del secundario fueron parte de una rutina, no había nada que nos despabilara en las grandes y frías aulas, pese a los fallidos intentos de calentar que tenían los calefactores que se alimentaban a kerosene con una bomba de mano ubicada en el patio.

En la materia Castellano, donde yo siempre escribía lo mismo -porque no me gustaba escribir y, al igual que ahora, tampoco sabía-  la docente tiró la consigna. Era algo así como tema libre. De puño y letra, había que contar algo en primera persona, algo que “te salga de adentro”, decía la docente, mientras caminaba al costado del pizarrón. A mí me salía sueño – pero no de soñar con cambiar el mundo – sueño de dormir. A Marcelo quizá le salía irse a su casa a tomar unos mates con su bella madre. A Fernando irse al campo… En fin, era lo que salía.

Hicimos silencio, para ver qué otra cosa nos podía salir. Creo que no salió nada o, en todo caso, poco y nada. Pasaron los minutos y se dio por cerrada la actividad. A vuelo de pájaro, la docente agarró las hojas sueltas, las apiló en el escritorio y ahí nomás las fue leyendo una a una. Ahora sospecho que luego de leer los dos primeros renglones – de los 21 que trae la carilla marca Gloria-  debe haber salteado la hoja entera para leer qué había puesto el resto.

En un momento, la docente interrumpió el sistemático ejercicio de corrección, frunció el ceño y fue notorio ver cómo esos dos primeros renglones la invitaron a seguir. Recuerdo que mi pregunta fue: ¿Qué le salió de adentro un miércoles a las 8.25 de la mañana a esa compañera para que la docente leyera el tercer, cuarto, quinto y hasta el último renglón escrito con Bic negra sobre esa hoja Gloria?

Mi pregunta no se hizo esperar. La docente se puso de pie, levantó la vista, se comió algo que quería decir y se fue a la dirección. Sospecho que habló, mostró el escrito y volvió. Luego, con el permiso de Anabella, leyó de un tirón aquellas palabras.

Hace unos días atrás y después de 20 años me llegó un whatsapp de la chica que escribió ese texto. Nos contamos historias de nuestras vidas y, a la hora de las anécdotas, lo primero que hice fue recordarle lo que había ocurrido ese miércoles a las 8.25 de hace ya dos décadas.

Quedó en silencio, como el mismo silencio que hicimos aquella vez para que nos salga algo de adentro, tal como había sugerido la profesora.

En esos renglones, Anabella no sólo era una de las dos o tres mujeres del aula, sino que fue la única que entendió la consigna: a la única que le salió algo de adentro. En aquellos renglones, pedía encontrarse algún día con su padre biológico, a quien no conocía y ahora, 20 años después, continúa sin conocer.

“Era algo que nunca lo hubiese podido decir o ponerle voz, por eso lo escribí”, me dijo hace unos días. Luego, me preguntó cómo había hecho para acordarme de ese miércoles, de ese escrito y de todo lo que había pasado después. Sobre todo, insistía, porque pasó hace 20 años atrás.

Ese día- le respondí-, en ese escrito tuyo también se reflejaba la historia de más de un pibe o piba del pueblo.

Volvimos a hacer silencio, como si fuese necesario esperar que nos salieran más cosas de adentro.

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