
Fuimos 14
InfoHuella


Escribe Lucía Miner / Periodista de Luan Toro.
Nos despedimos de familia y amigos y emprendimos el viaje.
Un viaje cargado de emociones y ansiedad y también algo de cansancio.
En la mañana del 25 de mayo, la ciudad de Buenos Aires nos recibe casi vacía y cubierta de neblina.
Es mi primera vez en la capital y juro que no me alcanzaron los ojos ni el ancho de la ventanilla para grabar en la retina todo lo que quería ver.
Nos empezamos a mezclar entre la gente.
Banderas, pancartas, remeras… no te olvides los puchos, ¡mirá que no vamos a poder comprar en ningún lado!
Se empieza a palpitar una jornada de alegría.
Compañeros y compañeras llevan sus remeras como estandartes.
Nos juntamos, como en aquel 25 histórico, en la Plaza de Mayo.
A medida que caminamos nos invade un sentido de pertenencia, que como dice la canción "no te lo puedo explicar, porque no vas a entender".
Las batucadas y los cánticos… los cumpas que se ganan el mango vendiendo chipá, tortas fritas y el humo del chori que sale de las parrillas ambulantes ubicadas en cada vereda que rodea el evento nos van preparando el panorama.
Y como en aquel 25, la lluvia se hace presente y me remonta a esos tiempos frente al cabildo que me contaron en la escuela, que ahora nos mira trunco, rodeado de modernidad.
La historia se repite y la gente, esta vez de todo el país, se moviliza y sale a la calle.
El pueblo quiere escuchar, el pueblo quiere saber.
Y después de una larga espera y ya sintiendo el cansancio en las piernas, comienza a sonar por los parlantes, nuestra canción patria.
La canto, como todos, a viva voz.
El pecho lleno de orgullo y la emoción me invade, siempre el himno me moviliza, llamalo patriotismo si querés.
Esta vez, sin embargo, es diferente a las demás, me sentí chiquita en esa plaza, en esa fecha en particular y por el motivo que nos llevó a estar ahí.
Las lágrimas se me escapan, las disimulo con la lluvia.
Una locutora anuncia su llegada.
Ella aparece en el escenario y justo en ese momento la lluvia se detiene.
Y para nosotros fue como si hubiera salido el sol.
La muchedumbre se abraza en un solo canto… presidenta, ¡Cristina presidenta!
Ese mantra se repite una y otra vez durante todo su discurso.
Y ella, que sabe cuando hacer pausa, se deja querer por su pueblo, nos sonríe, nos recuerda otros tiempos, más felices… recuerda a su compañero que vive en nuestra memoria, la memoria de todo un pueblo al que vino a "proponerles un sueño".
La miro, y alcanzo a verla pequeñita en el escenario, e inmensamente gigante en sus palabras.
Su oratoria es fluida, le sale natural, es emocionante e hipnótica.
Ella habla y nos saca una sonrisa, nos olvidamos que estamos empapados, debajo de paraguas que compartimos con personas desconocidas y a la vez tan cercanas.
Ella apura sus palabras porque el agua aparece y no va a aflojar.
El mantra se sigue repitiendo a lo largo y a lo ancho de la plaza.
Se despide y nos deja con ganas de más.
Queda la vuelta a casa que parece eterna, tumulto, la ropa mojada, colectivo.
Fuimos 14, pero volvimos siendo millones.




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