
De Tucumán a la Final: dos gestas unidas por una misma esperanza
Melisa Frois Orueta


Cuando pensamos en las grandes fechas de nuestra historia patria, casi siempre se nos vienen a la mente postales escolares fijas. Si hablamos del 25 de Mayo, por ejemplo, imaginamos automáticamente el Cabildo, los paraguas y los vecinos esperando noticias bajo la lluvia. De manera similar, cuando el calendario marca el 9 de Julio, viajamos directamente a la icónica Casa de Tucumán y vemos a los congresales reunidos alrededor de una mesa, firmando el acta que nos hizo libres.
Esta última es una escena que habita en la memoria colectiva porque, de tanto verla, terminó incorporándose a nuestro imaginario como si fuera un testimonio directo de lo ocurrido. Sin embargo, detrás de esa aparente familiaridad se esconde un detalle que solemos pasar por alto: ninguna de esas imágenes fue retratada en vivo. De hecho, la emblemática obra del Congreso de Tucumán se creó muchos años después.
Ahora bien, este desfasaje cronológico no constituye una excepción argentina, sino que responde a una marcada tendencia global. A nivel mundial, la mayoría de los hitos históricos fueron retratados tiempo después a partir de testimonios, documentos y una alta dosis de imaginación romántica. Esto se debe a que, durante el siglo XIX, los nuevos Estados nacionales necesitaban construir con urgencia una identidad común; por eso, recurrieron al arte para transmitir valores y ofrecer retratos épicos capaces de cohesionar al pueblo. Al final, la estrategia funcionó tan bien que, con el correr del tiempo, esas reconstrucciones artísticas terminaron grabándose en la memoria de la sociedad como si fueran el reflejo exacto de la realidad.
¿Significa esto que debemos desacreditar lo que hemos aprendido sobre nuestra historia? La respuesta abre un doble camino. Por un lado, no corresponde dudar del valor simbólico y pedagógico que poseen estos cuadros e ilustraciones, ya que sería injusto juzgarlos exclusivamente con los ojos del presente. Al contrario, estas obras funcionan como herramientas indispensables para aproximarnos a una época que, de otro modo, sería compleja de reconstruir por el simple hecho de pertenecer a un tiempo histórico diferente.
Frente a este fenómeno, sin embargo, se vuelve necesario matizar la literalidad de las representaciones del pasado. El riesgo de esta clase de imágenes es que, por su propia naturaleza estética, tienden a congelar los procesos en una postal idílica. Por el contrario, cuando las fuentes se analizan críticamente y se sitúan en su contexto histórico, esa ilusión se desarma. Al reconstruir las circunstancias reales de aquel momento, descubrimos que detrás de la calma de esa icónica postal del Congreso no hubo estatuas de bronce, sino personas de carne y hueso que debieron tomar decisiones cruciales frente a un destino completamente incierto.
Para dimensionar esa incertidumbre, basta con señalar que el 9 de julio de 1816 no se declaró la independencia de la «República Argentina» —tal como la conocemos hoy—. En aquel entonces, ese nombre no se utilizaba, el mapa actual no existía y la organización territorial moderna todavía no figuraba en los planes. Lo que aquel Congreso proclamó, en medio de intensos debates, fue la independencia de las Provincias Unidas en Sud América, una entidad política y geográfica muy distinta de la actual.
De hecho, en Tucumán estuvieron representados territorios que hoy corresponden a once[1] provincias argentinas, además de diversas jurisdicciones del Alto Perú. Las divisiones territoriales de entonces, sin embargo, distaban mucho de coincidir con las actuales: mientras algunas zonas aún no se habían constituido como autonomías, otras formaban parte de proyectos políticos alternativos[2].
Por su parte, regiones como la Patagonia y la actual provincia de La Pampa todavía no estaban organizadas ni participaban del proceso bajo los términos políticos vigentes. El espacio pampeano, por ejemplo, recién se conformaría como Territorio Nacional en 1884 y alcanzaría la provincialización en 1951. Por eso, hablar de «la Argentina de 1816» es un anacronismo que borra las complejidades de un entramado que todavía no existía como la unidad jurídica y territorial que hoy conocemos.
Esta fragmentación nos conduce a otro gran interrogante: si la Revolución de Mayo comenzó en 1810, ¿por qué debieron pasar seis largos años para declarar la Independencia? Para comprender este desfasaje temporal es necesario observar el tablero internacional. En 1810, el rey de España, Fernando VII, se encontraba prisionero de Napoleón Bonaparte[3]. Ante la acefalía de la Corona, los criollos recurrieron a un argumento jurídico clave: la retroversión de la soberanía a los pueblos. Según este principio, si el monarca no podía gobernar, la autoridad regresaba provisoriamente a las ciudades representadas por sus cabildos, premisa con la cual se justificó la destitución del virrey Cisneros y la formación de la Primera Junta.
Esa situación generó una profunda contradicción: los criollos comenzaban a gobernarse por su cuenta mientras declaraban ante el mundo que lo hacían en nombre del rey cautivo. Así, aunque en los hechos el territorio avanzaba hacia la autonomía, los documentos oficiales proclamaban fidelidad a Fernando VII; una ambigüedad cada vez más difícil de sostener.
Como era de esperarse, este esquema comenzó a derrumbarse en 1814. Tras recuperar el trono y restaurar el absolutismo, el monarca español impulsó campañas militares destinadas a sofocar las revoluciones americanas. Fue entonces cuando la contradicción se volvió insostenible: las tropas criollas se enfrentaban en el campo de batalla contra los ejércitos del mismo rey al que todavía juraban defender en los papeles.
En medio de ese escenario crítico entró en escena José de San Martín quien, desde la gobernación de Cuyo, insistía formalmente ante los congresales para que rompieran los lazos con España. Su urgencia no era un capricho político, sino una necesidad estratégica: el Libertador consideraba indispensable que el Ejército de los Andes cruzara la cordillera en nombre de una nación formalmente libre y soberana, y no como una fuerza rebelde alzada contra la autoridad monárquica. El General comprendía que solo bajo ese respaldo legal las Provincias Unidas podrían presentarse ante el mundo y exigir el reconocimiento de las potencias extranjeras.
Visto así, queda claro que declarar la Independencia fue una decisión tomada bajo máxima tensión política y militar, una realidad diametralmente opuesta a la postal pacífica, limpia y ordenada que inmortalizó la famosa acuarela de Antonio González Moreno. Paradójicamente, esa obra emblemática fue pintada recién en 1941 —ciento veinticinco años después del Congreso— para un concurso organizado por el diario La Prensa, y terminó grabándose en el imaginario social como el reflejo exacto del nacimiento de la patria.

Más allá de las licencias estéticas del cuadro, lo verdaderamente valioso es que el acta firmada aquel 9 de julio anunciaba al mundo que estas tierras rompían formalmente sus vínculos de dependencia con la Corona española. Es justamente allí, en esa audaz forma de plantarse frente a la incertidumbre, donde se puede tender un puente —con el respeto y las distancias del caso— con la epopeya de la Selección en esta Copa del Mundo.
Fundar una nación y disputar una final mundialista transitan, naturalmente, por carriles históricos, políticos e institucionales distintos. Sin embargo, las emociones colectivas que se movilizan guardan un eco similar: la necesidad visceral de defender los colores de la bandera, el orgullo de los ideales, el recuerdo eterno de las Islas Malvinas y, fundamentalmente, esa convicción tan argentina de dejar todo para último momento y, aun así, terminar dando vuelta la historia.
No por nada el pulso de cuarenta y seis millones de personas se aceleró hasta el límite de la resistencia durante partidos en los que las posibilidades de alcanzar la cuarta estrella parecían desvanecerse. La mirada fija en el reloj y el pecho apretado acompañaron la impresión de que el cronómetro estiraba la agonía mucho más de la cuenta. En medio de esa tormenta, emergió un equipo que se volvió imbatible en el arte más argentino de todos: el de no bajar los brazos. Fue bajo esas condiciones como se alcanzó, una vez más, la final; un proceso marcado por el sufrimiento compartido. Y es exactamente en la dignidad de esa entrega donde estas dos historias, separadas por siglos, se dan la mano.
En Tucumán, aquellos diputados firmaron el acta sabiendo que, si el proyecto fracasaba y los realistas avanzaban, podían perderlo absolutamente todo, incluidas sus propias vidas. Pero avanzaron igual, porque entendieron que la historia también la escriben quienes se animan a asumir el riesgo. En la cancha, la Selección sintonizó a un país en una frecuencia semejante, demostrando que, mientras el partido no haya terminado, la Scaloneta conserva el temple necesario para torcer el destino.
Porque, al fin y al cabo, de eso se trata. No es simplemente la ambición de alzar una copa más o de llegar nuevamente a la instancia decisiva, sino la trascendencia de las formas. Lo que verdaderamente enorgullece es ver a un plantel rescatando la esencia pura del fútbol de potrero: ese juego donde nadie se cree más importante que la camiseta y donde los egos se borran dentro del campo con tal de regalarle otra alegría al pueblo argentino.
Hace más de dos siglos, un grupo de hombres se animó a tomar una decisión que podía costarles todo, sin saber cómo terminaría aquella gesta. Mañana, la Selección saldrá a la cancha para escribir una nueva página de esta pasión que une, representa y reivindica. Será un momento donde, una vez más, el país pondrá el corazón entero por Malvinas, por el Diego y por la última de Leo[4].
[1] Hablamos de Buenos Aires, Catamarca, Córdoba, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Salta, San Juan, San Luis, Santiago del Estero y la anfitriona, a quienes se sumaron los representantes de los territorios del Alto Perú, que hoy forman parte de Bolivia.
[2] Tal era el caso de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental, provincias vinculadas a la Liga de los Pueblos Libres liderada por José Gervasio Artigas que no enviaron representantes al Congreso.
[3] En 1808, Napoleón Bonaparte invadió España y forzó las "abdicaciones de Bayona", obligando al rey Fernando VII a renunciar al trono para colocar en su lugar a su hermano, José Bonaparte. Al quedar el rey legítimo prisionero en Francia, se produjo un vacío de poder en todo el imperio. En América, este colapso institucional llevó a los criollos a fundar sus propias juntas de gobierno autónomas (como la Primera Junta de 1810), iniciando el camino irreversible hacia las revoluciones de independencia.
[4] Fragmento de la canción «La Cuarta Estrella», de Palmito, publicada en 2026.




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