2 de Abril: Malvinas fuimos todos

Hace 35 años sentí por primera vez la desazón de aquellas palabras que en cuarto grado la directora de la escuela nos había dicho con voz firme mientras hacíamos la promesa a la bandera: “Este Pabellón, al que ustedes le prometen fidelidad y respeto, no ha sido atado jamás al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra”. Después de Malvinas, sentí que aquel paño glorioso había sido derrotado.
Columnas01 de abril de 2017Luis Alberto CazanaveLuis Alberto Cazanave
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Por: Luis Alberto Cazanave


Porque a partir de abril del 82, eso es Malvinas para todos y cada uno de nosotros. Una suerte de contradicción fundamental. Aquel puro y noble sentido de pertenencia que nos habían inculcado días tras días, año tras año, aquellos nobles docentes, empezaba a entrar en una suerte de niebla, de bruma, de cono de sombra. No supimos, a partir de la derrota, cómo reconstruir una nueva alternativa de pensamiento nacional sin perder de vista el objetivo que es Malvinas… fueron, son y deben ser argentinas.

El 2 de abril, la mayoría de nosotros, triunfalistas como siempre, llenamos las plazas, vitoreábamos el nombre, nos colgábamos banderas en los hombros, en balcones, en las puertas, y nos abrazábamos con amigos y desconocidos. Es que aquello, que tanto habíamos anhelado, se había logrado. Habíamos recuperado Malvinas. No importaba a qué costo, ni cuál era el fondo de aquella aventura bélica descabellada. La mayoría fuimos parte de aquella irresponsabilidad político militar. Y el que se atrevía a hacer un análisis más objetivo, pasaba rápidamente a hacer un gurkha, un cipayo, un entreguista, alguien que no merecía rompernos la gloria del triunfo conseguido.


"... pero queremos ver una  sobre tus piedras, clavada.  Para llenarte de criollos.  Para curtirte la cara hasta que logres el gesto tradicional de la Patria".  Atahualpa Yupanqui


Este es el relato ajustado de cómo se mueven los colectivos sociales en distintas circunstancias. Incluso estaban en la plaza algunos con los moretones todavía marcados de la represión de hacía tres días, durante la movilización de trabajadores.

Y a partir de allí, como se dice siempre, en la guerra, la primera víctima fue la verdad. Nadie nos contaba la realidad de lo que estaba ocurriendo. Nos contaban pequeños actos de estoicismo, individual y entregas colectivas; desde cartas a los soldados, chocolates que recolectábamos y mandábamos con la ilusión de estar tendiendo una mano al soldado en trinchera. Podría seguir enumerando miles de acciones que entre todos realizábamos y proponíamos, pero como siempre la verdad, que siempre sale a superficie, llegó. Y de un día para otro, nos rendimos en Malvinas, y tuvimos vergüenza porque con la tragedia también enterrábamos el triunfalismo individual de cada uno de nosotros.

Pero como de costumbre, y como una suerte de efecto retardado, lo peor no fue eso, lo peor fue lo que vino después. Que es la desmalvinización del sentimiento. Malvinas dejaba de ser la quimera de la recuperación, para pasar a ser una tragedia vergonzante de la que nadie quería ni siquiera mencionar. Habíamos perdido la guerra. Eso nos avergonzaba en forma a lo largo y ancho de país.

Aquí empiezo a decir cuáles son las profundas diferencias que me separan de la mayoría de los relatores y escritores que se refieren al tema. Es cierto que mandamos jóvenes sin experiencia, mal pertrechados, y que alguno de ellos habrá muerto temeroso en una trinchera. Pero no me cabe duda que habrá habido muchos que haciendo derroche de coraje murieron con una puteada entre los dientes, empujando un sapucai. Porque para ellos, era una entrega a la patria. Por eso, es que siempre, el simplismo en el análisis, no nos permite ser objetivos y en honor a ese grupo de casi 700 almas, que descansan en las tundras de Malvinas y en las aguas australes, pido respeto frente a tanto coraje. Tampoco ellos, eran responsables de la decisión.

Por eso es que hoy, el 2 de abril, el día que muere el capitán Giachino, es el día que recuperamos las islas, es un día más. Y puede celebrarse un día antes o un día después; no importa, es una cuestión de forma. Por último, Malvinas no debe ser usada con la mezquindad de ideologías partidarias. Malvinas debe seguir siendo la gran causa nacional. Para ello, los invito a escuchar detenidamente, algo que, mucho antes de la guerra, alguien al que no se puede tratar de entreguista de derecha y que se llamaba Atahualpa Yupanqui, nos dejó en la “Hermanita perdida” una síntesis perfecta de lo que debiera ser Malvinas para nosotros. 

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