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Lectoras del siglo XIX: A propósito de la obra de Graciela Batticuore

¿Por qué y cómo leen las mujeres? ¿Qué leen? ¿Qué relación hay entre los imaginarios decimonónicos y las prácticas femeninas concretas que tuvieron lugar a lo largo del siglo? La investigación de Graciela Batticuore parte de la premisa de que las representaciones de la lectura en la Argentina del siglo XIX remiten a las reflexiones políticas e intelectuales sobre las problemáticas que traían consigo la consolidación y modernización de la nación.

Escribiendo 25/01/2023 Melisa Frois Orueta Melisa Frois Orueta
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Metida en la cama, arropada, una madre lee para sus [hijxs] antes de dormir. Otra abre el archivo de las cartas familiares para ejercitar con los [niñxs] la lectura. Una anciana posa frente a un artista con su pequeño libro entre las manos: se trata del catecismo. 

En la sala familiar una joven veinteañera es retratada leyendo. Otra languidece emocionada ante una carta de amor que se deposita milagrosamente entre sus manos: llega desde las trincheras. En medio de la pampa una gaucha lee un periódico. Otra asiste a la lectura en voz alta de un paisano en la pulpería. En una sala lujosa otra joven romántica medita con Lamartine. 

Dos o tres mujeres conversan al pie de una biblioteca de nogal. Más allá, una señora revisa la página financiera de un periódico. Otra enseña a sus [estudiantes] la lección del día. Otra se instruye en ciencias a través de los libros que heredó de su padre. Otra contempla en una pantalla de cine a una muchacha que lee en voz alta para su enamorado: son espejos invertidos en el tiempo. (Batticuore, 2017, prólogo)


En el arte, en la literatura, después en el cine, como en la vida misma, la mujer lectora bosqueja desde hace siglos un cuadro inquietante y repleto de enigmas. ¿Por qué y para qué lee una mujer? ¿Cuándo y dónde, bajo qué circunstancias lo hace, o cómo debería hacerlo según sus mentores? Artistas, letrados y hombres públicos las representaron con un libro en la mano, con una carta, un poema, también leyendo periódicos y panfletos políticos. Estas imágenes, tanto antes como ahora, están teñidas de inquietud, fascinación, a veces de temores. ¿De dónde provienen tales emociones? ¿Por qué persisten a lo largo del tiempo y qué nos dicen acerca de quienes las compusieron, de quienes posaron para ellas y de quienes las contemplaron?[1] ¿Qué implicó la experiencia de lectura para las mujeres del siglo XIX? ¿Por qué volver la mirada a un siglo de “héroes” ecuestres y mujeres con miriñaque? 

Vuelvo porque en este siglo están las raíces, porque es el momento en que — en América Latina — se conformaron los estados nacionales junto a los hombres y mujeres que fueron abriendo camino en el campo intelectual y cultural de aquella época y dejaron precedentes. Sobre todo, vuelvo por aquellas mujeres que paulatinamente abandonaron el lugar destinado únicamente a asistir a fulanos y menganos y comenzaron a interesarse en actividades propias de la esfera pública e intelectual. Mujeres que fueron los espejos en los que se vieron reflejadas sus contemporáneas. Por ellas, es quien vuelve Graciela Batticuore[2] en su obra Lectoras del Siglo XIX[3].

¿Educar a mujeres analfabetas o solo a las damas letradas?

Hace más de una centuria Virginia Woolf reclamaba “un cuarto propio” para que las mujeres pudieran abocarse a leer y a escribir. Sin embargo, las escasas féminas del siglo XIX que leían, lo hacían en medio de la sala, al lado del costurero o rodeadas de visitas ilustres. Y no solo eso, algunas ni siquiera leían por sí mismas, sino que veían y/o escuchaban leer a otras mujeres de la casa, o a los grands messieurs, tal como lo evidencian relatos y pinturas de época. 

Por ejemplo, un retrato muy poco conocido de Prilidiano Pueyrredón muestra a una criada en una escena familiar y matutina en la que el señor de la casa lee en voz alta un periódico (Familia de Don Pedro Bernal y una criada). 

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O el óleo de un artista muy preferido por Sarmiento, Benjamín Franklin Rawson, el cual retrata a una joven que sostiene en su mano una tijera para azuzar la llama de una vela la cual ilumina con fuerza el ambiente donde el señor lee su periódico junto a una niña (Escena interior, 1867). 

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Analicé estas y otras imágenes en Lectoras del siglo XIX de Graciela Batticuore[4] intentando vislumbrar el cruce entre letradas e iletradas, es decir, entre mujeres que leían por sí mismas y las que accedían a los textos a través de ojos y voces prestadas, periódicos vistos de reojo o por encima de los hombros del messieur. Incluso las que sabían leer, pero lo “olvidaban”, como la madre de Sarmiento, doña Paula Albarracín, tan dedicada a los trabajos manuales por necesidad de trabajo y dinero, que fue perdiendo el hábito y el conocimiento de la lectura a medida que el tiempo pasaba.

Madres letradas; Niños y niñas que leen…

Las dos tradiciones que acabo de mencionar (la de la mujer analfabeta y la de la mujer letrada) asoman tempranamente y persisten con diversas modulaciones a lo largo del siglo XIX. Encuentran resonancias en diferentes momentos, situaciones, y personajes que aparecen aquí y allá, como el de a continuación.

En sus memorias, publicadas en Paris en 1904, Lucio V. Mansilla recuerda que, en su infancia la madre los hacía ejercitar la lectura junto a su hermana Eduarda, en un grueso legajo de cartas familiares. La anécdota es muy sugerente, no solo porque retrata a Agustina Ortiz de Rozas (hermana de Juan Manuel) en el típico rol de la madre que enseña a los hijos o que practica con ellos/as la lectoescritura, sino que además lo hace, en este caso, valiéndose del archivo de cartas familiares, confiándose a los méritos de la literatura epistolar.  Amerita recuperar esa anécdota:

La perseverancia de la señora era inaudita. Estudiaba con nosotros, mejor dicho, lo mismo que nosotros. De esa manera podía vigilarnos mejor y apreciar nuestros progresos debidamente. Y no solo era perseverante sin la mínima intermitencia, sino que era fecunda e ingeniosa en inventos.

Que no estuviéramos "ociosos" era su programa.

Solía decirnos:

-No, no, o jugando o haciendo algo útil si no es hora de estudiar.

A ver, traigan las cartas.

No era esto como aprender la guitarra para mí. Pero por ahí iba el hilo.

La señora había coleccionado cientos de cartas y hecho con ellas, poniéndoles tapas de cartón, un grueso infolio. Era para que nos acostumbráramos a leer letra manuscrita de toda clase (había. alguna que al mejor se la daría) y para que supiéramos qué clase de amigos tenía mi padre.

De aquel ejercicio deriva que yo sea algo ladino en trotes de caligrafía enredada. Allí, en ese enorme mamotreto, verdadero legajo de varios, aprendí yo a conocer y a querer algunos personajes, los de letra clara como el señor don Domingo de Oro. Las simpatías de mi hermana y las mías estaban en razón inversa de la mala letra de los personajes.

La letra de Carril, por ejemplo, había cartas de él siendo ministro de Rivadavia, era complicada como su carácter. La de Oribe, a quien había visto una sola vez, acompañando a mi padre en visita que le hiciera en Buenos Aires, cuando iba a tomar el mando del ejército de Rozas, era como él: pequeña, recta, clara, fría, segura. Fue la impresión de niño que conservo de aquel guerrero oriental, pequeño, bien formado, algo trigueño, pálido, poco locuaz.

Cuando después de una carta de Carril y otra de alguno de los dos Zarratea llegábamos a una del señor Oro, aquello era como en la Pampa, bajo sol canicular, una parada a la sombra de árbol solitario, protector del caminante. Alberto Sorel, dice hablando del conde de Gobineau, poeta, filósofo y moralista, apenas mencionado por uno que otro escritor, no obstante, sus grandes méritos: "Entre nosotros no ha sido conocido verdaderamente y apreciado, sino a título de causeur, que el círculo en que conversaba se extienda, pues, al gran público. Sus cartas, según lo que de ellas yo sé, son su con- versación escrita. La reputación que no conquistó en su vida, como escritor, estoy persuadido que la conquistaría después de muerto, dando a luz su correspondencia epistolar".

Prosigo. (L. Mansilla, 1955 (1904): 219-220).

Por si no se apreció, en la anécdota se hacen presente la madre lectora, los hermanos leyendo, las letras, las caligrafías, es decir la dimensión material y palpable de las cartas. Mansilla recuerda, y le enseña a su público, que las cartas son portadoras de un saber de otros de su temple.

En sus líneas Mansilla vislumbra además otra cosa que ya se hacía presente en los comentarios de Alberdi algunas décadas atrás; la retórica de la correspondencia y la conversación son un arte. Una y otra se manifiestan en la redacción de una carta bien escrita: es decir, sentida, fluida, capaz de deleitar al destinatario y moverlo a responder (moverlo a la reciprocidad, que es siempre una expectativa para quienes frecuentan el género). 

Eso lo supieron bien las salonnières francesas de los siglos XVII, XVIII y XIX en Europa, y en el Río de la Plata lo tenían muy presente, también, Mariquita Sánchez y sus amigas, a comienzos del siglo XIX. Lo aprendió incluso Lucio Mansilla que fue, además de escritor, militar y periodista, uno de los más grandes causeurs en Argentina de la generación del ochenta

Y aunque lamenta mucho que se haya extraviado aquel archivo familiar que alguna vez reposó entre sus manos, el recuerdo alcanza para sustraer del pasado a esos niñxs lectores de cartas, para evocar a la madre letrada y todo lo que ella le enseñó: a leer manuscritos, a vislumbrar a través de las grafías la personalidad de cada interlocutor. Y, lo más importante para la época; saber qué lugar ocupaba socialmente su familia, quiénes eran los niñxs y quiénes sus padres en aquel entramado de nombres prestigiosos para la historia nacional, a los que Lucio y Eduarda conocían a través de la letra manuscrita: los Oro, los Carril, Oribe o el propio Rozas (con z, como en el título de la biografía que escribió Mansilla sobre su tío). 

Agencia de colocaciones 

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Hacia el 1900, el artista platico Martín Boneo trazó un óleo titulado Agencia de colocaciones. Como se puede apreciar, en el centro de la escena se destacan dos interlocutores; una mujer y un hombre. Él está sentado en una silla, delante de un escritorio sobre el cual se despliegan varias páginas sueltas de periódicos. Ella está de pie, al otro lado. Viste modestamente un traje largo de época. Medio reclinada y con una mano apoyada sobre la mesa donde reposan los impresos, esta mujer trasunta una actitud de reclamo o de protesta que nos lleva a preguntarnos y hasta a imaginar qué es lo que está haciendo en ese lugar presuntamente masculino. 

Por lo demás, la escena da lugar a interrogantes como ¿Qué hace una mujer un 7 de diciembre de 1900 en una casa de contrataciones? ¿Habrá llegado a este lugar buscando trabajo para ella o para el hombre de la casa? ¿La habrá llevado hasta allí la publicación de algún aviso en el periódico? ¿Quién le brindó información acerca de la existencia de este lugar? Es decir: ¿Sabe leer la mujer del cuadro de Boneo? ¿Será una inmigrante, una trabajadora, será la esposa de un obrero?

Aunque no hay respuestas para estos interrogantes, visto a trasluz de la época, el óleo de Boneo nos recuerda que las mujeres inmigrantes y trabajadoras formaban parte de la dinámica de las transacciones comerciales, sociales, políticas, económicas y culturales de la Argentina de entresiglos. Es por eso que, la dama del cuadro fuera una lectora diestra o analfabeta, lo cierto es que aparece imbuida en un sistema de intercambios donde la cultura letrada y los impresos son moneda corriente, y nadie — ni siquiera los iletrados — permanecen ajenos a esa realidad. Sin embargo, nótese que también en la representación de Boneo, los únicos que sostienen, manipulan o leen, son, también aquí, hombres. 

Recapitulando y a propósito de la célebre Virginia Woolf, en realidad habrá que esperar harto tiempo para que las mujeres tengan “su propia biblioteca”. Es por eso que, en contextos sociales donde las desigualdades de género y la disquisición entre lo público y lo privado aún prevalece y se impone, volver retrospectivamente a esos espejos invertidos en el tiempo — debería ser — un ejercicio iterativo, recurrente y necesario. 


[1] Recuperado de la contratapa de la obra.
[2] Graciela Batticuore es escritora, investigadora y docente. Enseña Literatura Argentina del siglo XIX en la Universidad de Buenos Aires, donde se doctoró, y se desempeña como investigadora en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Es autora de diversos ensayos de crítica literaria y cultural y publicó, entre otros, los libros Mariquita Sánchez. Bajo el signo de la revolución (Edhasa, 2011); La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina: 1830-1870 (Edhasa, 2005, Primer Premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes); y El taller de la escritora. Veladas Literarias de Juana Manuela Gorriti. Lima-Buenos Aires (Beatriz Viterbo, 1999). Editó diversos volúmenes y, en colaboración, compiló: Sarmiento en intersección. Cultura, literatura y política en Argentina (Eudeba, 2013); Tres momentos de la cultura argentina: 1810, 1910, 2010 (Prometeo, 2012); Fronteras escritas. Límites, desvíos y pasajes en la literatura argentina (Beatriz Viterbo, 2008) y Resonancias románticas. Ensayos sobre historia de la cultura argentina. 1810-1890 (Eudeba, 2005). Como poeta ha publicado Sol de enero (2015) y La noche (2016), ambos por Ediciones del Dock. Actualmente dirige en Ampersand la colección Lector&s.

[3] En esta obra, Graciela Batticuore analiza la relación entre estos imaginarios y sus prácticas a través de un recorrido por diversos escenarios de la cultura argentina, desde el contexto pre y posrevolucionario, en el que asoman las primeras figuraciones, hasta fines del siglo XIX y principios del XX, cuando la imagen de la lectora se naturaliza entre el público moderno. En el cruce de diversas coordenadas –que juntan ilusiones amorosas, anhelos libertarios de emancipación femenina y expectativas de Estado–, la mujer lectora y escritora tiene una historia en la que se enhebran pasado y presente de la cultura argentina. 
 

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