
Victorica sin agua: crónica de una problemática anunciada
Por: Cristian Javier Acuña


Hace 40 grados y acá la gente no sale ni a ver cómo les falta el agua. Copio y pego a Gabriel García Márquez, que escribió en un párrafo lo que es el verano sofocante, el que quema, hasta en los días de tregua: “El calor abrasante de los últimos días había cedido un poco, pero en el cielo alto, de un azul denso, no se movía una sola nube”.
Victorica padece la falta de agua desde hace casi tres décadas. El acueducto maestro, que acarrea el agua de las chacras lindantes al casco urbano, se hizo en la década del 70 y se venció en el 2000, el año en que parecía que se vencía todo, en el que se iban a volver locas las computadoras… bueno, ese año se venció. Y el que hizo aquel cálculo parece que no estaba echado de panza, porque no le erró en nada. La población creció y ese caño hoy debería medir el doble de diámetro, cosa que no está pasando. Para graficar lo que ocurre, se puede decir, a grandes rasgos, que por allí viajan la mitad de los litros que demanda la población: llega un litro, pero se necesitan dos.
No hay una gota. Hay platos en un fuentón verde de una limpieza que no se hizo, un balde vacío al pie de un inodoro casi amarillo. Hay otro balde afuera. Y una señora que, en la esquina, parece aquel Burkart de García Márquez que se compró una limonada para afeitarse, sin saber que el limón corta el jabón.
-¿Desde cuándo falta el agua?
-Desde que se hace el verano. Ahí ya falta el agua. Todos los veranos lo mismo.
La señora no necesita hacer cálculos, sabe de antemano que cada época estival será maltratada a diestra y siniestra por la falta del vital líquido. Y en ese enojo casi guardado – por una problemática que padece el barrio, el barrio vecino y el otro que está más allá – con unas casi 200 familias en total – la señora tira a cuentagotas palabras que van contando lo que le pasa… aunque las dice en plural.
-Lo que nos pasa es que no se aguanta esto año a año. Porque acá no escuchamos que esto les pase a otros pueblos. Ni en el noticiero de Buenos Aires hay gente sin agua. Cómo puede ser que todos los años estemos sin agua, sin una gota. No sé, es lo que pienso – dice, como pidiendo permiso para pensar, para decir en voz alta la impotencia de no tener culpa a la hora de lavar los platos, de tirar la cadena.
Por la mañana, la señora se asoma nuevamente a la vereda. Y ya son varios los que a través de la solidaridad de otros vecinos pueden ver cómo les falta el agua. Lo ve cuando les bajan los bidones de 20, unos cuantos. También ve que les falta el agua cuando se pasan de mano en mano un petitorio, una manguera, y cuando alguien pasa diciendo que tiene una bomba con agua buena.
-Mi hija leyó en el celular que el hospital donó 200 bidones, pero agua para tomar- dice.
Cae la tarde noche en Victorica y recién después de unas largas horas, a eso de la una de la madrugada – cuando parece que todos se ponen de acuerdo para que no ande ni el gato – los vecinos empiezan a escuchar, entre soñando, cómo cae a cuentagotas, como agonizante, el primer chorro a un tanque seco, vacío, caliente… con olor a sed.
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