
Por estos días, La Pampa no parece estar en crisis abierta: pero tampoco avanza con decisión.
Paula Pérez


Por: Paula Pérez / Licenciada en Relaciones Públicas – Coach Empresarial – Docente - Comunicación, cultura organizacional y vínculos
La economía no estalla, pero tampoco empuja.
Las empresas sostienen, ajustan, esperan.
El consumo se volvió selectivo.
Las decisiones se postergan más de lo que se anuncian.
No hay dramatismo.
Hay desgaste.
Las noticias hablan de variables macro, de contextos nacionales, de climas extremos. Pero lo que se percibe en el territorio es más sutil: un cansancio emocional colectivo.
No es miedo paralizante.
Es agotamiento por la incertidumbre prolongada.
Personas que sienten que siempre están “acomodándose”.
Emprendedores que recalculan mes a mes.
Equipos de trabajo que funcionan, pero sin horizonte claro.
Ese cansancio no suele expresarse en reclamos formales. Se filtra en el humor, en la baja expectativa, en la frase repetida: “veremos”.
Otra señal del momento pampeano aparece en una pregunta que se repite, especialmente entre jóvenes: ¿me quedo o me voy?
No siempre como decisión concreta, sino como conversación latente.
Quedarse empieza a necesitar algo más que pertenencia. Necesita proyecto.
Y cuando el futuro no se conversa de manera abierta —ni en las familias, ni en las instituciones, ni en las organizaciones—, la sensación es que cada uno tiene que resolverlo solo.

CUANDO EL CLIMA EXTERNO IMPACTA ADENTRO
El clima también se volvió protagonista. Sequías, calor extremo, incendios, lluvias erráticas.
El clima dejó de ser un dato técnico para convertirse en tema de conversación cotidiana. La sequía no se nombra solo en informes: aparece en la preocupación del productor que posterga decisiones, en el comerciante que vende menos porque el movimiento se resiente, en la familia que ajusta gastos sin saber por cuánto tiempo.
Los incendios, cuando llegan, no se quedan en el paisaje. Dejan una marca que no siempre se ve en las fotos. Se meten en el ánimo social, en la sensación de fragilidad, en la certeza de que hay variables que ya no dependen de la voluntad ni del esfuerzo.
En La Pampa, donde el campo no es solo una actividad productiva sino un entramado simbólico, cada evento climático extremo impacta en cadena. No solo en lo económico, sino en la forma de planificar, de proyectar, de animarse.
Cuando la naturaleza se vuelve imprevisible, también se vuelve más difícil sostener certezas internas. Y ese desorden externo empieza a trasladarse hacia adentro: a las organizaciones, a los equipos de trabajo, a las conversaciones familiares.
No se trata solo de pérdidas materiales. Se trata de un desgaste silencioso que se suma a otros. De una sensación de estar siempre reaccionando, nunca anticipando. Y eso, a la larga, erosiona la confianza y el ánimo colectivo.

LO QUE FALTA: PALABRA QUE ENCUADRE
Desde la comunicación y el coaching organizacional hay algo que se repite: no siempre faltan recursos, muchas veces falta marco.
Marco para entender qué está pasando.
Marco para saber qué se espera.
Marco para no quedar librados a interpretaciones individuales.
Cuando no hay palabra clara, aparecen los relatos fragmentados. Cada sector, cada persona, cada grupo arma su propia explicación. Y ahí se erosiona el vínculo social.
En este contexto, comunicar no es anunciar soluciones mágicas. Es reconocer el momento, poner nombre a lo que se vive y habilitar conversaciones más honestas.
Porque una comunidad no se sostiene solo con datos, sino con sentido compartido.
La Pampa hoy no necesita épica ni discursos grandilocuentes.
Necesita claridad, escucha y presencia.
Tal vez no para acelerar de golpe, sino para salir de esta pausa con dirección.
Porque cuando hay palabra, hay marco.
Y cuando hay marco, todavía hay futuro para pensar en común.
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