
Crianceros de Neuquén: La mujer que abre tranqueras para contar historias de vida que parecen dormidas en la montaña
Por: Cristian Javier Acuña

“Soy mendoneuquina”, así se presenta Celina Barchiesi, con una simpleza que arrea por herencia. Nació en Mendoza, pero desde hace más de tres décadas eligió el norte neuquino como su lugar en el mundo. Y no fue casualidad: allí encontró un territorio que la atrapó con su historia, su cultura y sus tradiciones.

Su vínculo con las familias crianceras lo heredó de su padre, a quien acompañaba a vender mercadería por los parajes. Así fue descubriendo la calidez de puertas que se abrían como si fueran propias y que la impresionaron para siempre. “Esa hospitalidad marcó un antes y un después. Ahí nació la semillita de querer poner en valor a esas personas que estaban ocultas en ese Neuquén allá arriba en la montaña”, cuenta.
Historias que transforman
Celina recorre rutas y huellas, abre tranqueras y se sienta a escuchar. Cada encuentro, asegura, la moviliza: “Cuando abro una tranquera, voy por un camino de arreo y me encuentro con una familia, en mí hay un antes y un después. Me enseñaron a observar lo simple antes que mirar, a valorar lo cotidiano, a entender que los sueños también se disfrutan en el minuto a minuto”.
En sus recorridos conoció la soledad de los arreos, donde algunos crianceros pasan largas semanas y hasta meses trasladando animales entre veranadas e invernadas.

“Una vez, con el calor y el viento de la tarde, le pregunté a Ramón –un criancero– qué necesitaba. Yo esperaba que me pidiera agua o fruta, porque eran las cuatro de la tarde y el sol pegaba fuerte… y me respondió: ‘Un ratito de charla’. Eso me hizo entender que, muchas veces, lo que más valoran no es lo material, sino la compañía. Cada vez que vuelvo a contar esto, se me eriza la piel”, recuerda con emoción.
En una pausa en la huella, Celina se topa con una historia de empoderamiento: tres generaciones de mujeres crianceras que arrean sus caprinos en la montaña a la veranada. Montada a un caballo, Gisela, una joven de 20 años, no abandona el tranco y, sentada en su recado, le suelta esas palabras justas que lo dicen todo: “Este es un arreo solo de mujeres, pero mi abuela es campera, campera… y no hay nada que nos complique la tarea”, sostiene.
Veranada e invernada: el pulso de la vida criancera
En el norte neuquino, la vida de los crianceros está marcada por un movimiento ancestral: la veranada y la invernada.
La veranada es la práctica de llevar el ganado a los altos valles cordilleranos durante los meses de calor, cuando el verde de las montañas ofrece pasturas frescas. La invernada, en cambio, es el retorno hacia las zonas bajas y más abrigadas, donde los animales pueden resistir las nevadas y el frío intenso del invierno.
Ese ir y venir no es sencillo: implica arreos de hasta un mes, atravesando ríos, caminos de piedra y noches a la intemperie. Las familias viajan a caballo, cargando alimentos y utensilios básicos. Allí se forja una forma de vida que resiste al tiempo y a la modernidad, sosteniendo una tradición que es parte de la identidad profunda de Neuquén y la Patagonia.

De lo íntimo a lo colectivo
Lo que comenzó como una inquietud personal pronto se transformó en un proyecto de alcance inesperado. A través de sus redes sociales, Celina empezó a compartir estas historias y encontró un público ávido de descubrir otra cara del Neuquén.
Celina graba a los crianceros y crianceras. Allí están las historias de quienes viven en soledad y la disfrutan: madres, padres, abuelos y abuelas que han visto partir a sus hijos a los centros poblados y esperan el regreso. Detrás de esos videos que publica en ruidosas y urgentes redes sociales, está la calma del viento que sopla allá arriba, como atajando la prisa que día a día nos ata a la inmediatez.
Un gracias
“Las devoluciones tienen que ver con que muchos desconocían que hoy, en pleno 2024, todavía se vive así: sin celulares, sin electricidad ni conectividad… Y, aun así, cuando les pregunto si cambiarían esa vida por la ciudad, la respuesta es siempre la misma: ‘No, acá soy feliz’”, cuenta.
El impacto llegó al corazón de las familias: nietos que le piden entrevistar a sus abuelos, hijos que le agradecen por grabar y escuchar la historia de vida de sus padres crianceros. “Todas las historias que voy recolectando tienen algo especial. Me quedo con todas, porque todas tienen algo que me conmueve. Como también me conmueve lo impensado que produce en otros, en quienes las miran, las escuchan. Hace poco, en uno de los posteos, una mujer me agradeció que contara la historia de su papá criancero. Le había hecho una entrevista en la montaña a su padre, que murió hace poco. Ella me escribió con un mensaje inesperado para mí: ‘Gracias por inmortalizar la vida de mi viejo’, me dijo”.
El arte de dejarse guiar
Celina no planifica demasiado. Dice que se deja llevar por la intuición y por las inmensas rutas nacional 40 y la provincial 43, declarada ruta de Arreos del Norte Neuquino, que recorre de punta a punta buscando esas historias donde la vida se mide en arreos, fogones y palabras compartidas. Allí, en esas huellas de idas y vueltas hacia lo alto de la montaña, está la materia prima de lo que busca contar.
Un puente entre dos mundos
Hoy sus redes sociales son un puente entre el silencio de la cordillera y el ruido del mundo urbano. Un puente tejido con historias sencillas, donde lo que importa no es la velocidad de la era digital, sino la calma de un tiempo que se detiene en un mate compartido, en una charla necesaria.
“Creo que el objetivo se está cumpliendo —reflexiona—: poner en valor las voces y los rostros de los verdaderos protagonistas de un territorio tan nuestro, tan patagónico, tan neuquino y tan argentino”.
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