
¿Qué debemos saber (y aprender) en tiempos de Inteligencia Artificial? Cuando el futuro fue ayer
Juan Pablo Neveu


Por Juan Pablo Neveu / Columnista en InfoHuella
Cuando hablamos de "agente de IA", nos referimos a una entidad automatizada capaz de interactuar, interpretar y producir respuestas basadas en grandes volúmenes de datos, como los modelos generativos de Inteligencia Artificial.
Por eso, una habilidad que gana terreno en este nuevo ecosistema es la fluidez en IA, lo cual implica la capacidad de conversar con sistemas inteligentes, de negociar sentidos con ellos y de orientarlos sin ser arrastrados.
Educar en tiempos de IA: más que saber usar
En consecuencia, trabajar con IA en educación significa integrar tecnología y, al mismo tiempo, repensar cómo enseñamos, evaluamos y aprendemos. Como sostiene Mariana Ferrarelli (Universidad de San Andrés, 2025), profesora y especialista en IA:
“Se trata de formarlos para un mundo con IA, de enseñarles a hacerse preguntas y a cuestionar las ideas que entrega un GPT [agente conversacional virtual con el que se puede interactuar] que no estuvo en la clase”.
Pensar mejor, crear distinto
En este contexto, el pensamiento crítico adquiere un protagonismo ineludible. Evaluar la información que nos ofrece la IA —ponderar su verosimilitud, rastrear sus sesgos, contrastar sus afirmaciones— es una habilidad que no puede ser externalizada.
La IA no libera a las personas de pensar; al contrario, las interpela a pensar mejor.
Lo mismo sucede con la creatividad. La IA puede producir textos, imágenes y sonidos, pero no puede intuir contextos ni experimentar contradicciones. De ahí que la innovación más transformadora emerja de esa zona intermedia donde el ingenio humano se sirve de la potencia algorítmica sin dejarse absorber por ella. La creatividad del futuro será, sin duda, híbrida.
Por eso, la metacognición —la capacidad de observar nuestros propios procesos de pensamiento— se vuelve crucial. Saber desde dónde pensamos, cómo interpretamos lo que la IA nos ofrece, qué sesgos propios activamos al interactuar con ella, es tan importante como dominar sus funciones operativas.
Pero no todo es abstracción: también hay ensayos, aproximaciones, otras arquitecturas posibles. En Argentina, algunas iniciativas empiezan a trazar el contorno de lo que podría ser una pedagogía aumentada. Por ejemplo, en un colegio secundario, una docente de Lengua y Literatura pidió a sus estudiantes que compararan la reseña de un libro escrita por un agente de IA con otra redactada por un crítico literario. Lo que comenzó como una simple actividad grupal de lectura comparativa, pronto se transformó en un ejercicio de reflexión crítica. Los grupos de estudiantes identificaron que la reseña generada por la IA tenía un estilo impecable, pero carecía de matices, de ironía, de contexto cultural. Como recuerda el escritor Germano Zullo en Los Pájaros, con la sensibilidad que Albertine pone en cada trazo:
“Porque los pequeños detalles no están hechos para ser advertidos. Están hechos para ser descubiertos”.
Y descubrir detalles requiere tiempo, disposición y deseo: condiciones que ningún algoritmo puede encarnar por completo.
De allí que educar para este nuevo tiempo no implique solo enseñar a usar tecnologías, sino habilitar espacios de enseñanza y aprendizaje para formar inteligencias que no se rindan ante la facilidad, que abracen la incertidumbre y comprendan que pensar —todavía— es una forma de creatividad y descubrimiento.
Sin embargo, la doctora en Educación y especialista en nuevas tecnologías Lila Pinto, en Rediseñar la escuela para y con las habilidades del siglo XXI (2019), advierte:
“Es muy difícil que logremos diseñar una escuela para el despliegue de las habilidades del siglo XXI si el trabajo que realizamos en ella como adultos no pone en juego las mismas habilidades que deseamos promover”.
En ese sentido, toda formación comienza con una alfabetización digital inicial, entendida como una competencia crítica para habitar entornos conectados: reconocer estructuras, verificar fuentes, interactuar con interfaces, discernir entre información y desinformación.
Pero esa base —si es que está— ya no alcanza. La colaboración profunda con modelos de inteligencia artificial requiere un repertorio extendido. Comprender qué es un algoritmo, cómo se entrenan los modelos generativos, qué sesgos arrastran, qué hacen —y, sobre todo, qué no pueden hacer— son saberes indispensables.
Aquí aparece una habilidad emergente que redefine los modos de interacción: la ingeniería de prompts. Saber diseñar buenas preguntas, formular instrucciones claras, delimitar contextos y guiar al sistema hacia respuestas útiles no es un talento espontáneo, sino una competencia que articula precisión técnica y sensibilidad lingüística. El prompt se convierte en una extensión del pensamiento: una forma de pensar en voz alta con una máquina.
Y en ese mismo mapa de habilidades, crece la necesidad de leer datos desde su dimensión numérica y también desde su lógica narrativa. ¿Qué dicen los datos? ¿Qué ocultan? ¿Qué decisiones justifican? El pensamiento crítico y el análisis de datos son extremadamente relevantes en un mundo donde las decisiones se toman a partir de dashboards, métricas y visualizaciones automatizadas.
En ese marco, la formación en ciudadanía digital crítica adquiere un rol clave. Ya no se trata solo de aprender a usar tecnologías, sino de desarrollar capacidades para habitarlas con conciencia, discernimiento y sentido ético. Hay habilidades que ya no pueden considerarse accesorias. La alfabetización mediática crítica es una de ellas: aprender a discernir entre lo verdadero y lo verosímil en tiempos en que los modelos generativos pueden fabricar documentos, imágenes o declaraciones con una verosimilitud inquietante. Verificar, contrastar, dudar con fundamento: ese es el nuevo alfabeto.
También se vuelve indispensable la conciencia ética. Comprender los dilemas que plantea el uso masivo de datos, la opacidad algorítmica, la reproducción de sesgos históricos. Preguntarse qué se automatiza, qué no, y qué consecuencias tiene cada línea de código en la vida concreta de las personas.
A esto se suma la sensibilidad cultural. Buena parte de los modelos de IA han sido entrenados con datos del hemisferio norte, replicando perspectivas, valores e idiomas que poco reflejan las particularidades de nuestros territorios. Detectar esa disonancia, corregirla, latinoamericanizar los datos y las narrativas, es una tarea urgente para cualquier agenda soberana.
Por último, el pensamiento sistémico: entender que la IA actúa en tramas institucionales, culturales, lingüísticas y sociales donde habitan desigualdades históricas. Su impacto puede amplificarse o atenuarse según el territorio, el acceso, la clase social, el género o la edad. Comprender estas relaciones es clave para intervenir con justicia y con sentido.
En resumen, no alcanza con programadores ni con científicos de datos. El nuevo ecosistema tecnológico necesita también pensadores críticos, mediadores culturales y liderazgos capaces de integrar lo humano y lo artificial en escenarios complejos. La combinación de habilidades técnicas, cognitivas y digitales será decisiva para la construcción de una inclusión plena en el mundo educativo y laboral.
Y en ese horizonte, lo que cultivemos hoy —entre saberes y aprendizajes— será la arquitectura invisible de nuestro futuro.
(*) Autor del artículo / Juan Pablo Neveu: Apasionado de la tecnología y la educación, Licenciado en Tecnología Educativa (UTN) y Diplomado en Análisis de Datos (UBA), ha coordinado proyectos nacionales y provinciales de educación digital y brindado talleres sobre Inteligencia Artificial generativa desde un perspectiva humana centrada en el desarrollo del pensamiento crítico para aprender a pensar con y sobre tecnologías. Actualmente brinda asesorías y capacitaciones a instituciones educativas, empresas y organizaciones como profesional independiente.
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